Hartos de votar

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Si, como suelen decir los candidatos cuando salen de votar en el colegio, las elecciones son la fiesta de la democracia, este año los catalanes estamos cogiendo un buen resacón, porque durante 2015 estamos votando -tal y como estaba previsto- en las elecciones municipales de finales de mayo, como también lo haremos en las generales de noviembre; y entre medio en las autonómicas “plebiscitarias” catalanas que Artur Mas ha vuelto a adelantar.

Algunos vamos a acabar con agujetas en la mano de tanto introducir la papeleta en la urna, porque hasta en el Barça ha habido elecciones, y aquí ya sólo falta que el presidente de la escalera de casa nos convoque a una de esas divertidas reuniones para renovar los cargos de la junta de la comunidad de vecinos.

El independentista medioplacista Artur Mas no adelantó las elecciones a marzo, como le exigía el independentismo cortoplacista, pero tampoco acabará la legislatura en noviembre de 2016, como le interesaba a él y le pedía el largoplacista Duran. Esta segunda opción era demasiado arriesgada porque podría haber provocado una venjança catalana independentista pata negra contra CiU y el propio Mas. Por otro lado, hacerlas con tan poca distancia desde que explotó el caso Pujol hubiera sido mortífero para un partido en proceso de refundación. Por eso, el President, ha escogido una premonitoria tercera vía con la que hacer olvidar a su claca de cheerleaders (Forcas, Raholas y Murieles) su trilerismo, que ha quedado del todo en evidencia en esas surrealistas negociaciones con Oriol Junqueras.

La claca del President trilero le ha loado una vez más por su valentía y determinación, aunque puede que hay sido más bien una decisión con la vista puesta en las generales de noviembre de las que saldrá un nuevo gobierno en España con el que pactar el blindaje de las competencias lingüísticas y culturales más el pacto fiscal, (y lo de la independencia ya lo dejamos para los años treinta, que tenemos veinte años seguir sumando adeptos a la causa). Y se supone que es eso (excepto lo del paréntesis) lo que se les debe estar contando -vía el Conseller Puig- a los más altos estamentos judiciales, militares y empresariales, así como a los partidos no-independentistas, en los encuentros que se celebran en ese estupendo pub irlandés que es el Kitty O’shea’s (con permiso de The Philarmonic).

El President provocará que nuestro síndrome post vacacional se agrave metiéndonos en otra campaña electoral al final del verano, porque septiembre es el mes favorito del nacionalismo catalán y, como ideología nacida del romanticismo que es, sufre de una fascinación simbólica por las fechas. Si 2014 debía haber sido el año de la independencia, por ser el tricentenario de 1714, ahora tendremos una emotiva campaña electoral con enganchada de carteles nocturna en el Fossar de les Moreres, una cuarta Diada con multitudinaria performance por la Meridiana, a modo de acto de campaña conjunto de todos los partidos indepes; y una jornada de votaciones coincidente con el domingo 27, que ya nos ha explicado Mas que será el primer aniversario de la fecha en que firmó la convocatoria del 9-N. Incluso se supone que el piromusical de la Mercé en Montjuïch volverá a ser un acto independentista pagado por todos los barceloneses, como el del 2014 (a no ser que la alcaldesa Ada Colau desaloje las esteladas antes). Pero lo peor de todo es que nos dirán que están cumpliendo con el anhelo de votar que tienen la mayoría de catalanes, cuando lo que realmente querremos por esas fechas será apurar la temporada de baño y playa sin que nos mareen demasiado con otro domingo electoral.

Si nos ponemos serios, la realidad es que no se ha escogido la fecha por el simbolismo a secas, si no para que sean unas elecciones a la medida de un independentismo que estará emotivamente más movilizado durante la campaña, y con el objetivo de que la Cataluña de comarca vaya a votar en masa frente a la urbana que el domingo 27 estará volviendo de puente. Los estrategas independentistas comprobaron el 9-N que su techo es el de un 30% (aprox.) del censo, y que eso no es una mayoría, pero sí un porcentaje de la población muy concienciado con ‘el Procés’.  A su vez, observan que en todas las elecciones, con una participación alta, el voto “soberanista” se diluye; y especulan con que la habitual abstención, ante un ‘plebiscito’, se decantaría por el No a la independencia, sabiendo que este segmento poblacional se concentra sobre todo en el área metropolitana de Barcelona. -Un cálculo muy al estilo de quienes creen que Cataluña son sólo ellos y que los no-independentistas son menos catalanes cuando no directamente malos catalanes-. El objetivo es conseguir una mayoría absoluta independentista con la que negociar un encaje provisional, dentro de un Estado español en proceso de reforma, hasta conseguir la definitiva ruptura de aquí dos décadas cuando, mediante el mal uso de las competencias transferidas ya blindadas (les estructures d’Estat), hayan multiplicado por dos ese 30%.

Con todos estos trucos de ‘trilero’ de las Ramblas institucionalizados, vamos ir a las terceras elecciones autonómicas en cinco años, cuando las legislaturas son de cuatro; porque Grecia, Italia, Israel, Bélgica, el País Vasco de antes y la Cataluña de ahora son los únicos países de nuestro entorno en los que no se acaban las legislaturas y se vota cada dos años a causa de su inestabilidad e ingobernabilidad. De momento, es ese el club internacional de dudoso prestigio en el que nos han metido los irresponsables de Convergència (y hasta la fecha Unió), a los que una mayoría de catalanes votó en 2010 como alternativa de gobierno serio para acabar con el desastroso Tripartit.

Ya puestos, hubiera sido de buen gobernante convocarlas coincidiendo con las municipales y así ahorrarnos los gastos de la campaña, pero ya se sabe que en los derroches políticos no podemos recortar; además de que esto hubiera supuesto rebajarnos nacionalmente al nivel de las CCAA “no históricas” como… Aragón y… Navarra, que a diferencia de Galicia, el País Vasco, Cataluña y la “no voy a ser menos” Andalucía, celebran elecciones para escoger a sus parlamentos autonómicos a la vez que a los alcaldes y concejales de sus municipios, diluyendo así en el “café para todos” su hecho diferencial.

No queremos ser como Aragón, aunque fuera quien nos diera lo más parecido a un estado propio independiente que hemos tenido en nuestra historia; y tampoco como Navarra, pese a que sus fueros -y sobre todo su régimen fiscal- sea a lo que en realidad algunos aspiren.

Nos dirán que no son autonómicas si no plebiscitarias, y en consecuencia tendrán que contar los votos y no los escaños, pues la ley electoral vigente -somos la única CCAA que no tiene ley propia y, por eso, aplicamos la del Estado- da más valor al voto del vecino de Gerona y Lérida, en beneficio de los independentistas, que al del de Barcelona.

Acabado 2015 -si Rajoy no decide hacer una arturada y convocarnos a las elecciones justo después de Navidad en plena cuesta de Enero de 2016-, nos estaremos sin votar hasta 2019. Cuatro años sin campañas electorales en los que teóricamente todo estará aclarado y nuestros políticos se podrán dedicar de una puñetera vez a gobernar sin encuestas ni cálculos electorales de por medio…

¿Alguien se lo cree? No, principalmente porque los parlamentos que vienen tendrán más partidos políticos, no habrá mayorías de un único grupo parlamentario y eso supondrá que sea más fácil hacer caer a los gobiernos. Todo muy israelí e italiano. Y que no se nos pase por alto algo fundamental: todo indica que hacia, pongamos 2017-18, votaremos una nueva constitución, otro parche con el que tirar treinta y pico años más en este país, o la pastillita que nos tomaremos para aguantar una larga y pesada resaca.

Mi querida y electoralista España.



Categorías:Cataluña

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