Se puede se cazador y buena persona

Es más, los cazadores de verdad son amantes de los animales  
Ahora que parece que ser cazador es equivalente a ser un malvado sádico, una especie de Hitler contemporáneo, Pedro Palazón Fraile se ha atrevido a escribir a El Mundo y a declarar a los cuatro vientos que él es cazador, que está orgulloso de serlo y a argumentar porqué la caza es una actividad benéfica. 

Reproducimos aquí su carta al director:
“Miren ustedes, yo soy cazador. Sí así, sin más adjetivos. Soy cazador. Y me considero, además, una buena persona. No soy como ese dentista americano al que han desvelado (¡gracias!) como lo que es: mala persona, fumador (seguro que fuma), con multas pendientes y mal ciudadano; y todo ello, vinculado o, posiblemente, causado por su condición de cazador o, más aún, por su condición de ‘cazador apasionado’ (lo que es, si cabe, peor, por recalcitrante).
Yo no soy así. Yo soy padre de familia, trabajador y honrado, aunque, eso sí, también apasionado de la caza (no sé si ésto lo puedo decir por escrito, pero me arriesgaré). Pero, sobre todo, ¿saben lo que soy?: un amante de los animales. Sí, así como suena, amante apasionado de los animales y de la naturaleza. ‘¡Qué valor!’, se estará diciendo el redactor de estos artículos, cuando lea esto. Pero es verdad. Lo siento, es la verdad. Y la verdad debería importarle a un periodista.
La base de mi afición, de mi pasión por la caza es el amor por los animales. Y es la misma base que comparten cientos de miles de cazadores españoles (la caza es el ‘deporte’ que más federados tiene en España, por encima, incluso, del fútbol). Cazadores españoles que leen también este periódico y que, estoy seguro, se sientes igual de heridos cuando comprueban cómo se opina, bajo la apariencia de informar, y se pretende crear opinión fundada en la opinión propia y no en la verdad. De nuevo, la verdad.
Miren, yo tengo en casa docenas de libros, enciclopedias, documentales y revistas y todo tipo de publicaciones sobre la Naturaleza y los animales. Les puedo asegurar que sé distinguir un emú de un casuario, una gacela de un impala, o un okapi de una cebra; o, incluso, a un nyala, de un sitatunga o un kudu; pero, además, conozco, leo y estudio en el mismo campo (ese que hay afuera de las ciudadas y que no tiene columpios) las costumbres de las palomas torcaces, las tórtolas, las perdices rojas, liebres y conejos, jabalíes y ciervos y, en general, de las especies cinegéticas, incluso, aunque no les dé caza nunca.
Porque, señor redactor, yo no mato animales. Yo cazo. Mata animales el matadero que surte de carne al restaurante al que usted acude a comer, pero yo no. Aunque la muerte del animal, su captura, sea la culminación buscada en el ejercicio de la caza, no es necesariamente el final de toda cacería, antes bien todo lo contrario. Es la incertidumbre del resultado lo que convierte a la caza en mucho más que matar.
Sin esa incertidumbre, que se concreta en la posibilidad real de escape de la pieza deseada, no estaremos ante un acto de caza, sino ante otra cosa. Por eso, el cazador, cuando entra en el campo, en el monte, en la jungla, a cazar, se siente parte integrante de la naturaleza salvaje de una forma tan íntima como ningún otro humano, con cámara, prismáticos o simpe ojo avizor, estará jamás. Por eso el cazador, admirará a su pieza abatida o no, como el magnifico animal que es. Y se preocupará de ejercer su actividad de forma responsable, pues la muerte del animal siempre generará una minoración en la población de su especie. Y así cazan, en este mundo moderno, desarrollado, los cientos de miles de cazadores españoles y los millones de cazadores de todo el mundo occidental que no cazan para sobrevivir físicamente, sino emocionalmente. Dentistas, abogados, médicos, veterinarios, biólogos, escritores, periodistas, albañiles, fontaneros, carpinteros; todos con una nota común, el amor a los animales, a la naturaleza y a la caza.
Todos son personas que, en el ejercicio de la caza aman al animal al que persiguen, la lucha con la naturaleza, en la naturaleza, siendo naturaleza… Así cazan, de forma responsable, preocupándose como los primeros de la suerte de las especies, de la conservación de los espacios naturales y de la biodiversidad que albergan; y no solo cuando hay noticias como la de Cecil, sino todo el año, todos los años.
Contribuyendo al conocimiento y control de las especies, no solo cinegéticas; conservando a través de sus cotos, los magníficos espacios naturales en los que quieren practicar la actividad que aman para proteger a los animales a los que aman más aún. Gracias a los amantes de la caza, que durante siglos se han preocupado en conservar los hábitats naturales de las especies, tenemos en este país muchos grandes parques naturales envidia de Europa y del mundo que antes fueron grandes fincas de caza.
Señor redactor, la caza no es cruel. La caza es cruenta. Ningún cazador que se precie añadirá sufrimiento al animal de forma voluntaria y consciente, por mero gusto. Pero el animal abatido sangra. Esto es un hecho. Y la sangre y la muerte final del animal, como ya he dicho antes, es la consecuencia de haber cazado; y aunque dicha muerte no sea necesaria, pues se puede terminar sin haber abatido nada, sí constituye el final de la acción exitosa de cazar. La diferencia entre usted y yo (y,quizá el dentista, y el propioCecil) es que nosotros asumimos que la muerte de unos animales por otros, incluido el hombre, es algo natural y, aunque no nos gusta la sangre (no se crea, le aseguro que a ningún cazador le gusta) aceptamos que forma parte natural de esta actividad natural y de la propia vida.
Ya fuera de los sentimientos y sin entrar en el argumento manido del dinero que mueve la caza (que es mucho), debo decirle que la caza se ha venido materializando como una muy acertada forma de gestión de los medios naturales y del control de las especies en lugares en los que el espacio es limitado. En particular, en los países africanos se ha configurado como la idónea forma de gestión, realizada de forma responsable, mediante la cual se limita y controla la población de animales estableciendo cupos para su captura en función del espacio y la comida disponibles (para eso son los cupos, para controlar las poblaciones, no como dice usted en su artículo, para controlar la caza) y no hay nada oscuro en ello, tal como titula con cierta idea su artículo.
Lo he leído dos veces, no sé si es mucho o poco, y francamente no entiendo que hay de oscuro en que la Administración controle y establezca cupos de caza, dando licencias para abatir solo a determinados animales. Gracias a ello, el país y las poblaciones locales reciben ingresos, carne, y otras retribuciones que facilitan su desenvoltura y promueven su cuidado del medio en el que viven y el cuidado de esos animales, desincentivando el furtivismo local y dificultando el tráfico ilegal de marfil, pieles y animales. Pero de todo lo anterior no he leído nada y eso que es verdad. De nuevo, la verdad.
Le escandaliza que se abatan animales en los alrededores de los parques naturales africanos (como ocurre en los alrededores de los parques naturales de todo el mundo, por otro lado). Pero ni se para a pensar en que muchos de esos animales salen de los parques simplemente desplazados por otros congéneres, pues el crecimiento de las poblaciones en los espacios limitados va desplazando a los individuos menos capaces de los mejores territorios y éstos acaban saliendo para buscar comida y refugio. Y en las zonas de caza que se encuentran alrededor de esos parques se caza, y sí, algunos de esos animales son abatidos. ¿De verdad ve algo que no sea profundamente natural en esto? ¿De verdad le parece un escándalo que se regule la población de animales de esta forma?
¿Quizá prefiera las matanzas masivas de animales que, cada cierto tiempo, se ven obligados a realizar en esos parques los propios guardas cuando las poblaciones de algunas especies se disparan…? Esta es otra verdad que, señor redactor, podrá comprobar fácilmente.
¿Quizá esas muertes reguladas, a veces de cientos de individuos en un solo día, abatidos con armas militares y sin posibilidad de escapatoria para los animales, le parezca más ética, menos cruel, más humana o, simplemente, más deseable que la caza individual realizada por un cazador en persecución de un animal en libertad, al que se le conceden (o así debe ser) todas las posibilidades de escapatoria. Quizá esas muertes de control sean menos oscuras.
En fin, sé que me he alargado, y que su tiempo es escaso, señor redactor, pero quiero creer que, si ha podido terminar de leer esta carta, al menos le haya hecho pensar en que existe una verdad que no se cuenta en sus artículos y que muchos esperamos poder leer algún día.”
Mi querida y valiente España

  



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