Islam: la guerra de los 1400 años

Resulta más políticamente correcto afirmar que Islam es constitutivamente una religión pacífica. Lástima que no sea verdad.

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Clarificador artículo de Macario Valpuesta en XYZ, el periódico crítico sevillano. Frente a tanto tópico buenista, Valpuesta nos recuerda la realidad de los hechos, que pueden ser dolorosos a veces, pero que en vano algunos quieren disimular.

Escribe Valpuesta:

“No cabe la menor duda de que los brutales atentados de París han sido cometidos por unos fanáticos religiosos pertenecientes a la religión islámica. Se trata de un atentado más que se une a la sarta de atrocidades que están siendo cometidas por terroristas musulmanes por medio mundo desde hace ya bastantes años. Este horror se ha perpetrado en París, lo que nos alarma bastante más que las salvajadas que se cometen en el Oriente Próximo. Ahora bien, a la hora de interpretar los acontecimientos, los laicistas de Occidente, que hoy forman la opinión dominante, consideran en primer lugar que el fanatismo es patrimonio exclusivo de las ideologías religiosas, como creían ya en los tiempos de Voltaire y de Diderot. Es decir que, para ellos, es la religión, en general, la instancia que genera estos actos horrendos. Además, los mismos personajes creen que dentro del género “religión” tienen cabida las especies de “islamismo” y de “cristianismo”, confesiones religiosas perfectamente equiparables en su historial de fanática brutalidad. En todo caso, se suele reconocer (aunque no siempre) que el cristianismo ha alcanzado en nuestros días un cierto nivel de civilización y de tolerancia al que todavía no han llegado sus rivales muslimes, como si todo fuera una mera cuestión de tiempo. Se suele decir al respecto que los musulmanes viven todavía en la Edad Media y que no hacen disparates muy diferentes de los que hacían nuestros antepasados de aquella época. Se supone, pues, que el progreso inevitable los llevará hacia la razón, tal vez dentro de cinco siglos. En consecuencia, los laicistas entienden que el agnosticismo es el marco ideológico constitucional del Occidente civilizado, el que nos caracteriza frente al Islam, y que, por tanto, es esta la bandera que nos debe unir en estos momentos difíciles.

Frente a toda esta torticera forma de interpretar las cosas hay que recordar, en primer lugar, que el fanatismo no es un rasgo exclusivo de las religiones. El siglo XX ha sido testigo de la implacable ferocidad de las ideologías ateas, las cuales han dado buena muestra de su eficacia homicida, aunque muchos parecen disculparlas por sus supuestas buenas intenciones. De Marat hasta Ceaucescu, de Hitler a Mao, ha corrido mucha sangre en todo el mundo, demasiada para hacer siquiera una breve reseña que haga justicia a tanta matanza laica.

Por otro lado, no hace falta conocer el cristianismo en profundidad para darse cuenta de que las muestras de fanatismo violento del pasado -guerras de religión, inquisiciones y otras patologías tristemente famosas y reconocidas- fueron cometidas a pesar del mensaje cristiano y no por culpa de él. Ni en los dichos y hechos de Jesús, ni en los valores que se deducen de sus enseñanzas, ni en sus parábolas, ni en sus bienaventuranzas, se aprecia el menor pretexto que pudiera servir de base justificadora de la violencia. Por el contrario, resulta difícil valorar en nuestros días la novedad que supuso la predicación del amor cristiano por encima de las etnias y las clases sociales.

En cambio, el Islam no puede usar la misma argumentación. Es bien sabido que Mahoma fue un dirigente guerrero, que dirigió personalmente guerras de conquista y ordenó matanzas y represalias sin cuento, en las que se incluían violaciones masivas. Los mismos textos musulmanes reconocen sin recato todos estos excesos, aunque hoy nadie hable de ellos por no meterse en camisa de once varas. Además, una lectura objetiva del Corán nos ofrece más de cien versos que hablan directa o indirectamente de matar a los infieles. Veamos algunos ejemplos que, como hemos dicho, podrían multiplicarse ad nauseam:

  • “Voy a sembrar el terror en los corazones de los infieles: Cortadles el cuello, pegadles en todos los dedos.” (Corán 8, 12).
  • “Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores (i.e. los cristianos) dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes!” (Corán 9, 5).
  • “¡Que quienes cambian la vida de acá por la otra combatan por Alá! A quien, combatiendo por Alá, sea muerto o salga victorioso, le daremos una magnífica recompensa”. (Corán 4, 74).

No vamos a descubrir ahora lo que significa la “Yihad” o “guerra santa”, lo que siempre se ha entendido como la “gran Yihad”. La expansión del Islam se hizo literalmente al filo de la espada y desde siempre la tradición islámica ha considerado éticamente meritorio el odium theologicum. La página evangélica en la que Jesús perdona a la adúltera (Jn 7, 35 ss.) contrasta gráficamente con lo que ocurre en una cultura en la que se lapida, se decapita y se ejecuta en público a los “pecadores” de todas las formas imaginables. Evidentemente, es una manipulación igualar a estas dos religiones aduciendo que el fanatismo es endémico en todos los monoteísmos. Ya sabemos que los Goytisolos de turno tienden a combinar la magnanimidad en la interpretación del Islam con el rigor más inmisericorde en su percepción del cristianismo, pero en nuestro caso pretendemos un mínimo de ecuanimidad.

No negamos que existan musulmanes sensatos y pacíficos, para quienes el terrorismo es una lacra; efectivamente los hay por millones y muchos de ellos son víctimas de los yihadistas. En una sociedad abierta, como es la nuestra, el Islam podría ser una venerable religio licita, siempre que interpretara sus textos de una manera metafórica y heterodoxa respecto a su propia tradición. Por el contrario, en la medida en la que un musulmán se aferre a una interpretación ortodoxa y rigorista de la misma, inevitablemente se hace un verdadero enemigo -activo o pasivo- de los valores occidentales. Por lo demás, en la concepción de estos descerebrados, todos los que no somos musulmanes -cristianos o agnósticos, devotos o tibios, católicos o ateos- estamos definitivamente catalogados como enemigos de Allah. Ya sé que resulta más políticamente correcto afirmar que Islam es constitutivamente una religión pacífica que unos fanáticos pervierten y alteran. Es justamente lo contrario y no se avanzará nada en la solución del problema mientras no se vea la realidad tal cual es.”

Mi querida y clarividente España

MQE



Categorías:Islam, Laicismo, Sin categoría

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