Centenario de Vintila Horia, un escritor cristiano

Un gran escritor a rescatar del olvido

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Carmelo López-Arias recupera la memoria de uno de los grandes escritores del siglo pasado, el rumano afincado en España Vintila Horia (aún estás a tiempo de comprar algunos de sus libros):

“En su novela más célebre, Dios ha nacido en el exilio, Vintila Horia (1915-1992) crea un diario de Ovidio, quien en su destierro en la Dacia (la patria rumana de Horia), en los albores del primer milenio, añora un mundo que no conoce ni conocerá porque él morirá pronto, pero que abre un tiempo nuevo: “Un tiempo, en el futuro de los hombres, en que el amor será posible incluso para nosotros, los romanos privados de amor”. Hasta sabe que se esfumará el valor de su propia obra: “He escrito sobre el amor tal como éste era en un mundo en trance de desaparecer. Los poetas esperan la buena nueva del nacimiento de Dios para escribir los libros de un tiempo que será el del amor”.

“Entonces, ¿cree usted que aparecerá un nuevo dios en el Olimpo? ¿Ha nacido ya? ¿Tiene usted alguna noticia?”, le interroga con ansiedad su interlocutor.

“Sí, ha nacido ya”.

“¿Dónde?”

“En el exilio”.

“Y le conté lo que sabía de Él”, concluye el poeta romano, que ha sabido del Mesías, del Salvador, del acontecimiento de Belén, y lo espera con una alegría que se asemeja a la del anciano Simeón en el templo. Ovidio anhela la Redención del mundo y, en la oscuridad de su teología pagana, intuye que esta intervención de Dios en la Historia lo cambiará todo.

Con Dios ha nacido en el exilio, publicada en 1960 por Fayard, el gran escritor rumano (quien se afincaría pocos años después en España) ganó el Premio Goncourt. Luego se lo retiraron porque la izquierda europea, encabezada por Jean Paul Sartre, orquestó una de esas campañas de difamación  en las que tan duchos han sido siempre, fieles a su maestro Lenin, los comunistas. La acusación era la habitual: ser “fascista”. No podían consentir que un escritor exiliado de su país por el régimen títere de la Unión Soviética, y que hacía tan pública ostentación de su fe cristiana cuando eso empezaba a no estar bien visto en los ambientes intelectuales (¡y encima “bautizando” al inmortal Ovidio!), se alzase con el más prestigioso galardón de las letras francesas.

Vintila Horia fue un cristiano ortodoxo de fe indistinguible de la católica. Ese cristianismo era en él medular: explica su vida y su obra y su visión del mundo, que reposa sobre la unidad del saber y del conocimiento, con la teología como alma y corona. Y esto lo plasmó tanto en sus novelas como en sus ensayos.

Precisamente porque entendía lo que implica situar a Cristo en el centro de todo, se identificó de forma natural con la cultura y la civilización españolas, que históricamente han consistido en eso. Dos de sus obras maestras, una en forma de novela y otra en forma de ensayo, versan sobre la gloria y la decadencia de la forma hispánica, cristocéntrica, de estar en el mundo.

En 1987 Planeta publicó Un sepulcro en el cielo, donde, a través de la persona de El Greco -en forma análoga a como había hecho con Ovidio casi tres décadas antes-, vislumbra las consecuencias epocales que habría de tener para el mundo el inicio de la decadencia española con la derrota de la Gran Armada en 1588. Su retrato de la época es portentoso. Pero aún lo es más la perspectiva que Vintila Horia otorga al hecho: no estaba en juego solamente el mayor o menor poderío del Imperio donde no se ponía el sol. Fue un momento en el que los hombres empezaron -lentamente al principio- a apartar de sus vidas, colectiva e individualmente, a su Creador y Redentor.

Justo lo contrario que sucedió en la epopeya americana. Con ocasión del Quinto Centenario, la Fundación Cánovas del Castillo publicó el ensayo Reconquista del Descubrimiento. El título ya era una provocación en 1992, al aunar dos términos hoy “malditos” pero tan conformadores de lo que España ha significado en la historia de la humanidad: el paradigma de lo ecuménico en el sentido de lo católico, esto es, lo universal, la aspiración a la unidad del género humano por vía de reconocernos todos hijos de Dios.

“Es preciso reconquistar el Descubrimiento”, sentenciaba Vintila Horia en las últimas páginas, “desde esta valoración de lo universal y de la unidad, en lo religioso y en lo lingüístico, que el inmenso territorio llamado Nuevo Mundo tuvo en sus mismos albores. No nos está permitido desperdiciar, para Hispanoamérica pero tampoco para una humanidad inquieta, situada en una encrucijada tormentosa y oscura, el contexto fenomenológico, inclinado hacia una conclusión universal, de todo lo acontecido dentro del Nuevo Mundo”.

El próximo viernes se cumple un siglo del nacimiento de Vintila Horia. El día anterior, en la Universidad de Alcalá de Henares donde fue profesor, se le va a consagrar una jornada de homenaje, en varias de cuyas ponencias estará muy presente la fe como constitutivo esencial de su personalidad y de su aportación literaria.

Pocas semanas antes de que se le detectara el tumor cerebral que se lo llevó cuando se encontraba, a sus 78 años, en plena eferverscencia intelectual, comentó algo que resumía su itinerario vital: “Ya no quiero escribir una sola palabra que no sirva para acercar a Cristo a quien la lea”. Palabra que fuese para los demás como ese simbólico pez que guía a “su” Ovidio en sus últimos ensueños o que responda a la pregunta que se hace “su” El Greco a las puertas del salto definitivo a la trascendencia: “¿Qué va a ser del mundo sin mí? ¿Qué va a ser de mí sin el mundo?”.

Mi querida y rumana España

MQE



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