Víctor Gago nos da su visión del debate de investidura

Y al menos nos ahorra los lugares comunes que no cesamos de oír

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De nuevo en su indispensable Brief en Actuall, Víctor Gago aborda el tema de la semana: la fallida investidura de Rajoy. Lo que dice no se asemeja a lo que leemos en los medios mainstream… y es mucho más interesante:

“Según lo previsto, Mariano Rajoy perdió la primera votación en su debate de investidura. Lo describen El País y Actuall. Por primera vez en el régimen constitucional de 1978, el Parlamento rechaza al candidato del partido más votado. Es el segundo candidato fallido que el Rey propone en menos de un año. Habrá en diciembre unas terceras elecciones, si Rajoy vuelve a recibir el “no” de la Cámara en la segunda votación, convocada para este viernes, y ni PSOE ni PNV se mueven a la abstención, de aquí a un mes. “Ceteris paribus”, se dice de las condiciones que no cambian en las variantes de un problema matemático. Ceteris paribus, que quiere decir, “dadas ciertas condiciones iguales…” Pues bien, ceteris paribus, habrá nuevas elecciones en diciembre, y el PP volverá a ser el partido más votado. A no ser que se modifique alguna de las variables. Puede ser, por ejemplo, el resultado de las elecciones vascas del 25 de septiembre. Hay otra variante: que Mariano Rajoy renuncie a ser candidato y el PP proponga a otro-otra. Sin embargo, la hechura humana de esta generación de líderes, en general, no es lo que se dice un emblema de la generosidad. Rajoy, ceteris paribus, es capaz de hundir la Monarquía parlamentaria antes que renunciar. Para él, seguir en el machito es casi una cuestión de honra. Si hay una condición fija con las que contar en el análisis político, es la indolencia de los que mandan. [Fotografía: El presidente en funciones, Mariano Rajoy, en su escaño del Congreso, este miércoles.–– Juan Carlos Hidalgo / EFE]

La educación, eso de lo que no hablaron

La crisis institucional tiene mucho que ver con la calidad personal de los políticos que dirigen la democracia en este momento. Los españoles han votado por ellos y, por lo tanto, tienen los políticos que se merecen. No es un fenómeno específicamente español. El envilecimiento de las élites y de las masas se está dando en todas las democracias. El sistema político liberal está en crisis, una crisis de valores que solo se resolverá por medio de la educación. Hay que volver a empezar por la educación; no la de los niños, sino la de los maestros. Solo una generación de buenos maestros será capaz de desencadenar el ciclo virtuoso de educar a personas libres y responsables, preparadas para ser buenos padres y madres, buenos ciudadanos y buenos políticos. La familia sola no podrá hacerlo. No en su estado actual: desorientada por la desaparición de valores, deconstruida por las nuevas ideologías, discutida en su autoridad por los políticos y los “pedagogos”. Si la familia ha dejado de ser el refugio que solía ser frente al poder, la escuela tendrá que ser el hospital de campaña donde regenerar el tejido de los valores de una sociedad ordenada y libre. Por eso, es tan importante el debate sobre la inmersión ideológica de los colegios en las leyes de diversidad sexual como la aprobada en la Comunidad de Madrid. Un debate que no apareció –ni se lo esperaba– en las sesiones de estos últimos días en el Parlamento. Si la sociedad civil no quiere acabar absorbida por un poder político degradado, cuya naturaleza le llevará a exigir cada vez más adhesión de las personas, la única respuesta es la educación, empezando por la vocación de los maestros, la calidad de su formación y la justa retribución de su trabajo.

El debate visto desde el desierto

La educación, los valores, las familias.  Los derechos y las libertades fundamentales. La visión de España para la siguiente generación. Todo eso ha brillado por su ausencia en el debate de investidura. Hay una parte de los españoles –¿Insignificante? ¿Ridícula? ¿Trasnochada?– que ha sido expulsada de la conversación en el Parlamento y en los medios. Es esa parte de la sociedad –¿Patética? ¿Risible? ¿Casposa?– que cree que todos los seres humanos tienen derecho a la vida; que la familia natural es única transmitiendo y preservando la vida y ninguna otra institución contribuye tanto a la sociedad; que la propiedad privada es un derecho natural y los impuestos deben ser los mínimos posibles; que las personas se organizan mejor que el Gobierno para crear riqueza y ocuparse de sus asuntos; que el Estado debe ser neutral en cuestiones como la religión y la vida sexual, no interponerse entre una persona y Dios, ni meterse en su cama, y respetar el principio de realidad, que indica que una mayoría de personas es creyente y otra inmensa mayoría es heterosexual, y a menudo ambas mayorías son la misma, son felices, hacen bien a la sociedad y no están atrasadas ni equivocadas. Ninguno de los discursos del debate ha tenido en cuenta a la España estadística y moderada, hoy en el desierto de la democracia por no participar en el consenso fundamental que reúne a los 350 diputados del Parlamento y a casi todos los medios de comunicación: la idea de una élite política y cultural con derecho a dictar cómo deben pensar y vivir los demás.

El ‘lado equivocado de la historia’ se anima

Fue casi cómico escuchar a Pedro Sánchez reprochar a Mariano Rajoy los recursos del PP ante el Tribunal Constitucional por las leyes del aborto y del matrimonio homosexual de la etapa de Rodríguez Zapatero. Obviamente, el PSOE sabe que el PP ha acabado abrazando esas leyes con la fe del carbonero; al igual que sabe que el acuerdo de PP y Ciudadanos contiene la mayoría de las medidas de gasto social e ingeniería de valores izquierdistas del programa del PSOE. Los políticos españoles saben muy bien que bailan en una única baldosa de pensamiento. Simular diferencias es parte de la farsa. Esa es la crisis del sistema: una falta de pluralismo de las ideas que estrecha cada vez más el campo de lo que es lícito discutir. Pensar por fuera de la corrección política instalada por las élites políticas y culturales es situarse “en el lado equivocado de la historia”, como le gusta decir a Obama. El problema de esta forma de convivencia es que el espacio de lo pensable se reduce cada vez más, y al otro lado de las murallas, los expulsados aumentan y su descontento no deja de crecer.

El tedio como forma de la verdad

Lo que el portavoz de Ciudadanos, esa férrea carpeta de obviedades solemnes y erudición de rebotica llamada Juan Carlos Girauta, imputó a Rajoy es justamente lo que salvó su discurso de candidato. No es que Rajoy no crea en sí mismo, es que no está para perder el tiempo. El esfuerzo inútil conduce a la melancolía. Su displicencia, su falta de fe, ha sido lo único sincero de este mal teatro. En plena farsa, su evidente fastidio con la trama fue, al menos, un vestigio de autenticidad. Mientras todos impostan la voz y hacen como que escuchan y deliberan, Rajoy al menos se ahorra la fantochada. Como parte del tinglado, sin dejar de ser el protagonista de la comedia, es todo un detalle que Rajoy libere su tedio y resople de asco ante el fatuo simulacro de democracia. A la vez actor competente y público fatigado. Un ejercicio genial de meta teatralidad. Lo humaniza, lo hace parecer fiable, eficiente, superior. Dan ganas, casi, de votarle.”

Mi querida y diferente España

MQE



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