Andalucía como paradigma del fracaso del Estado de las Autonomías

Algo no funciona bien: habrá que empezar a decirlo sin miedo

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El Estado autonómico lleva ya funcionando el suficiente núemro de años como para que podamos hacer balance del mismo. Sin partidismos, ni prejuicios, sin que mostrar sus deficiencias nos vuelvan unos nostálgicos del franquismo. Habrá que ser capaces de hablar sobre este tema tabú… y la verdad es que el balance no es precisamente bueno.

Macario Valpuesta tiene la valentía de romper el tabú a propósito de su tierra natal, Andalucía y lo que dice no se puede tomar a la ligera:

Decir que Andalucía es un lugar maravilloso suena a halago injustificado, sobre todo si se tiene en cuenta que el que así lo afirma, servidor de ustedes, ha tenido el inmerecido honor de nacer en esta tierra. Las potencialidades que encierra nuestra región son tan grandes que realmente uno no se explica la situación en la que se halla, a la cola de la nación en todos los índices de desarrollo, como son la renta o la cualificación profesional; y a la cabeza en todos los que indiquen atraso e ineficiencia, como el desempleo o el fracaso escolar. Sin ir más lejos, Andalucía cuenta con un sector primario de una calidad extraordinaria, con algunos sectores muy punteros en agricultura. Tenemos mil kilómetros de costa, la mayoría de ella playas paradisíacas, bien equipadas y limpias. Ciudades y pueblos llenos de monumentos con un clima excelente, un territorio bien comunicado y con servicios de primer nivel. Las huellas del pasado llenan todos sus rincones: ruinas, castillos, conventos, museos, iglesias, catedrales… Una población escolarizada y atendida sanitariamente, en la que se dan todas las oportunidades para prosperar. En definitiva, cuesta trabajo comprender las razones de nuestro subdesarrollo a la vista de las posibilidades disponibles.

La fiebre autonomista, vista en perspectiva histórica, fue un trastorno reciente en la historia de esta tierra. En efecto, a la muerte de Franco, España fue invadida por un fervor localista, especialmente alimentado por los partidos políticos, que se dedicaron a diseñar banderas y a buscar desesperadamente precedentes autonomistas que justificaran sus ansias de “autogobierno”. Con el fin de contentar a los nacionalistas vascos y catalanes, se generalizó el “café para todos”, con gran regocijo de manadas de políticos que vieron cómo el número de poltronas se multiplicaba exponencialmente en cada taifa recientemente creada. En Andalucía, se rescató la figura de un personaje marginal, Blas Infante, triste y cruelmente ejecutado en la Guerra Civil por el bando sublevado. Como no quiero decir nada que se pueda considerar ofensivo contra una persona que es objeto de culto público por parte de los políticos de todo el espectro andaluz, solo les animo a que lean los libros que este buen señor publicó. Los encontrarán llenos de ideas pintorescas -por decirlo en términos benévolos- y, desde luego, muy distintas a las que hoy aplican quienes dicen venerarlo.

También se recuperó la insignia blanca y verde que era perfectamente desconocida por el noventa y tantos por ciento de la población. Lo digo porque yo me acuerdo personalmente de ello –nadie me lo ha contado–, cuando llevaba en mi carpeta estudiantil pegatinas que eran interpretadas como si yo fuera fan de cierto equipo sevillano de fútbol.

Las prisas por llegar a la autonomía cuanto antes llevaron a los políticos de izquierda a exigir la aplicación del artículo 151 de la Constitución, aunque fuera violentando la mismísima Carta Magna, como ocurrió con el famoso referéndum de 28 de febrero de 1980. Luego tuvieron la poca vergüenza de dejar tal fecha como “día de la patria” para que nunca se nos olvidara el fraude constitucional que se cometió entonces y del que hoy tan poco se habla. Y desde entonces, se incluyó en los planes de enseñanza la pretensión de inculcar en los jóvenes un “patriotismo andaluz” que uno no tiene por qué ver mal, si no fuera porque el día de la Hispanidad o el de la Constitución pasan totalmente desapercibidos. Igualmente se puso en marcha el Canal Sur, esa inmensa y carísima maquinaria de propaganda que usted y yo pagamos con nuestros impuestos al servicio de un cierto y sesgado modelo de “Andalucía” que no tenemos por qué compartir. En esa pretensión de crear una conciencia andalucista hay que decir que están teniendo éxito, porque hoy son ya muchas generaciones criadas en el desapego a España, anclados en el victimismo y en el desprecio al “extraño”, aunque este sea extremeño o manchego. Hablo de lo que está pasando aquí, en Andalucía, no en Cataluña ni en Vasconia. Pregúntenle a nuestros jóvenes y universitarios por sus sentimientos nacionales, y seguro que se pueden quedar sorprendidos. Y por si fuera poco, todos los partidos del arco parlamentario andaluz decidieron en 2007 que Andalucía era una “realidad nacional”, por si no nos habíamos dado cuenta. Desde luego, tuvieron la deferencia de preguntarnos en referéndum, que fue aprobado con números de participación ciudadana verdaderamente raquíticos.

El Estado de las autonomías en España ha constituido un inmenso fracaso que no ha servido para frenar las ansias secesionistas de los nacionalistas vascos y catalanes. Muchos creían también en aquellos años que las autonomías acercaban la administración a la población y, por tanto, era este un factor “democrático”, pero hoy hemos comprobado empíricamente que la proliferación de estructuras políticas no solo no sirve al bienestar del ciudadano, sino que se constituye en una costosísima rémora para su progreso. Las autonomías, en todas las zonas de España, se han constituido en centros de clientelismo y de corrupción, aunque en Andalucía hemos batido todos los récords. Por lo demás, las autonomías han basado su proceder en el egoísmo regional, y en la discordia y la envidia entre territorios. Tengamos presente que en todas las regiones ha habido en algún momento alguna alternancia política, menos aquí donde el PSOE lleva cuarenta años gobernando y lo que te rondaré, morena. Incluso el PP parece haber admitido su papel oficial de oposición perpetua, para lo cual ha decidido no diferenciarse del partido en el poder ni siquiera en el menor de los detalles.

Ahora por fin vamos a ver a dos expresidentes de la Junta juzgados por haber creado o permitido toda una red escandalosa de corrupción al servicio del PSOE. Y, sin embargo, el mencionado partido pretende actuar como adalid de la honradez acusando de corrupción a los demás. Y aún está por ver que el monumental escandalazo tenga algún tipo de repercusión electoral. Si al menos todo esto sirviera para algo bueno; pero, desgraciadamente, la autonomía ni siquiera ha servido para vertebrar un territorio regional cohesionado. Hoy los piques locales y la tirria contra la capital de la región son mayores que nunca. La Junta no sirve sino para aherrojar las iniciativas laborales y empresariales verdaderamente productivas, y para anclarnos en los hábitos de la subvención y la paguita. Para luego echarle la culpa a Madrid, por supuesto, de todo lo malo que nos pase, sobre todo si allí manda el PP.

De modo que, para terminar, me atrevo a gritar: ¡Viva Andalucía libre! Sí, libre de políticos chupópteros y de estructuras parasitarias. Y, por supuesto, ¡Viva España unida y solidaria en todas sus regiones!”

No es un problema administrativo, es algo mucho más profundo que está corroyendo las bases de nuestra existencia común como nación. Mejor encararlo, más pronto que tarde.

Mi querida y sensata España

MQE



Categorías:Autonomías, España, Nacionalismo, Patriotismo vs. nacionalismo, Sin categoría, Unidad de España

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2 respuestas

  1. Sobre Andalucía y su perverso clientelismo político he escrito artículo que pueden leer en este enlace:
    http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/499160/clientelismo-politico

    Le gusta a 1 persona

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