El NO en Colombia. Y ahora, ¿qué?

Visto por un español que reside allí.

Esto nos escribe un español que tras varios años en Colombia acaba de volver a España. Una reflexión desde el conocimiento, la vivencia personal y la cercanía a la realidad. Por su interés la reproducimos completa.

¿Quiénes son la FARC?

Supongo que no es necesario comenzar diciendo que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo FARC-EP es uno de los grupos narco-terroristas más longevo, más sanguinario y más rico del mundo actualmente. Y que aunque algunos quieran hacernos ver ahora que Timochenko, Iván Márquez y Pablo Catumbo son hombres de paz (¿les suena la frase?), es bueno tener en mente quienes son estos tres asesinos que acumulan más de 300 asesinatos a sus espaldas. Y que el mal-llamado “conflicto armado” en Colombia ha dejado más de 225.000 muertos, 45.000 desaparecidos, 30.000 secuestrados y más de seis millones de desplazados.

Buscar la paz, pero no de cualquier modo.

Siempre he creído que la posibilidad de acabar con un grupo terrorista y firmar un proceso de paz en tu país es algo muy jugoso y apetecible para cualquier político. Te convierte en un héroe, y qué mejor legado en tu vida que haber contribuido a ello. Por eso, casi todos los gobernantes en casi todos los países donde ha habido grupos terroristas, lo han intentado. Es natural al ser humano, incluso. En Colombia (y en España) también ha sucedido. Uribe y Pastrana, también. Eso no es criticable y por eso no podemos criticar a Santos. Sí que podemos hacerlo por no ser ni el mejor momento histórico (las FARC están hoy más fuertes que cuando él llegó a la Casa de Nariño, con más guerrilleros, más tierras, más poder y más dinero), ni las mejores formas, pero eso podemos dejarlo para otro artículo.

En estas circunstancias, hace ya más de 4 años que el Gobierno de Juan Manuel Santos inició unas conversaciones (primero secretas –algunas cartas hablan de casi suplicantes- y luego públicas) con las FARC con el objetivo de poner fin al “conflicto armado” colombiano.

El pasado 24 de agosto de 2016 se firmó en La Habana el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera (el “Acuerdo”) entre el Gobierno Nacional y las FARC. Santos decidió someter el texto a la aprobación de los ciudadanos, y para ello, el 25 de agosto, apenas un día después, aprobó la Ley Estatutaria 1806, que regula el plebiscito.

Sin contar con el pueblo colombiano.

Una de las mayores críticas al pueblo colombiano estos días es que, ante un tema de tantaimportancia, tan solo haya votado el pasado domingo un 37% de los habilitados para hacerlo, es decir, 13 millones sobre un total de 35. Sin embargo, lo que puede ser una sorpresa para el resto del mundo no lo fue tanto para el Gobierno colombiano, y de hecho se preocupó de no promover en gran medida el debate. Sabía que iba a ganar el “Sí”, y no había ganas de remover argumentos para despertar al pueblo. Prueba de ello es que el Gobierno modificó la ley que reglamenta el plebiscito, para reducir el umbral de aprobación del 25% (50% de participación) al 13% del censo electoral, lo que se traduce en poco más de 4,5 millones de votos necesarios para la aprobación del documento, una cifra muy inferior al total de votos obtenidos por Santos en su reelección en 2014.

Pues bien, el pasado domingo, el pueblo colombiano dijo “No”. No a este Acuerdo que Santos-quiero-el-Nobel-de-la-Paz-a-toda-costa y FARC habían firmado.

La verdad es que ni los más optimistas esperaban que ganara el “No”, que finalmente obtuvo el 50,21% (6.431.376) de los votos contra el 49,78% (6.337.482). La realidad es que, pese a haber tenido todo el aparato del Estado pidiendo el “Sí” y defendiéndolo como la única opción posible, y de no haber dado cabida a ninguna opinión ni argumentación en contra, más de 28,5 millones de colombianos no han apoyado el texto. Es decir, más del 80% de la población colombiana llamada a las urnas le han dado la espalda al Acuerdo y a Santos.

Colombia quiere la paz, pero no a cualquier precio.

Lo primero que hay que entender -parece mentira tener que explicarlo, pero los defensores del “No” parecían estos días grandes apestados de la sociedad colombiana-, es que el 51% de los colombianos, con Álvaro Uribe a la cabeza (el pueblo colombiano no es consciente de la suerte que tiene de que este hombre naciera en Antioquia y decidiera dedicarse al servicio público hace ya más de 36 años) no está en contra de la paz. No, ellos quieren también la paz. Quieren la paz tanto o más que los que han votado “Sí” en el plebiscito, pese a los continuos insultos y campañas de descalificación que han sufrido. Claro que quieren la paz. Pero quieren otra paz. Lo explicó muy bien el expresidente este domingo: “la paz es ilusionante, los textos de La Habana, decepcionantes”. Y por eso, precisamente por eso, es por lo que más de la mitad de los colombianos han votado “No” a esta paz, “No” a los textos de La Habana, “No” a Santos. Pero “Sí” a la paz. A otra paz. Nadie quiere que haya muertos, secuestros, violaciones, extorsiones, desplazados… Nadie. Acaso los de siempre. El resto, siempre queremos la paz. Siempre.

Las fallas de los textos de La Habana.

¿Y qué es lo que recogen los textos de La Habana?

Ha sido en La Habana (precisamente en La Habana; lo de Noruega fue meramente testimonial) donde se llevaron a cabo estas negociaciones entre una Comisión del Gobierno Colombiano y una de las FARC. Sin entrar a analizar de manera pormenorizada un texto de 297 páginas que ningún votante se ha leído (dicen que ni Humberto de la Calle, proclamado jefe del equipo negociador del Gobierno), es claro que el Acuerdo no es bueno. Él mismo dijo que “todos hubiéramos querido algo más, pero es el mejor acuerdo posible”, o que “es el único acuerdo viable”. Sí, todos sabemos que en una negociación todas las partes han de ceder y más si queremos acabar con el “conflicto”, pero de ahí a que una de las partes (la que tiene la gran autoridad moral, el Gobierno de Colombia) diga que “bueno, mire usted, es que no hemos podido hacer más” y la otra se fume un puro el día de la firma –literalmente-, deja mucho que desear. Dicho eso, el Presidente Santos, sabedor de que un mal acuerdo necesitaría el refrendo del pueblo, decidió someterlo a referéndum.

Como decía, sin entrar a analizar todo el Acuerdo (la Agenda de negociación tenía 6 puntos: 1) Política de desarrollo agrario integral; 2) Participación política; 3) Fin del Conflicto; 4) Solución al problema de las drogas ilícitas; 5) Víctimas; y 6) Implementación, verificación y refrendación, si bien no fueron negociados en ese orden), los puntos del Acuerdo que más división han traído al país y han hecho que para la mayoría, ni siquiera el anhelo de un país sin más muertes haya sido suficiente para votar “Sí”, son:

  1. La no cárcel para los narco-terroristas que hayan cometido delitos más graves, incluyendo los delitos de lesa humanidad. La creación de una Jurisdicción Especial para la Paz, -es la primera vez que un gobierno y un grupo terrorista crean un sistema de rendición de cuentas ante un Tribunal nacional para investigar y juzgar los crímenes cometidos- permite que, a quienes reconozcan ante la JEP la comisión de sus delitos, tendrán únicamente “restricciones efectivas de libertades y derechos, tales como la libertad de residencia y movimiento” por un periodo entre 5 y 8 años.

  Los soldados rasos no cumplirán pena -y prácticamente nadie se lo exige-, pero que los jefes guerrilleros no pasen ni un solo   día entre rejas, ni uno, es algo que ha enfadado sobremanera a prácticamente toda la población colombiana.

  1. La participación política, lo que supone, para los defensores del “No”, el entregar el país a los narco-terroristas. El Acuerdo, aparte de contemplar que cualquier terrorista (sí, Timochenko también, y no les extrañe verlo en unos años), si cumple todos los requerimientos del proceso, dice toda la verdad y repara a sus víctimas, tenga elegibilidad política y pueda presentarse incluso a la presidencia de Colombia, otorga una serie de beneficios políticos a las FARC que no pueden ser aceptados. Entre otros, garantizan al nuevo partido que surja del tránsito de las FARC a la vida política legal una representación mínima de 5 curules al Senado y 5 curules a la Cámara de los Representantes durante los próximos dos períodos electorales. Sí, han leído bien, las FARC tendrán, aunque no tengan un solo voto en las urnas, 5 senadores y 5 representantes (las funciones de las Cámaras no son las mismas que en España –gracias a Dios-; en eso también nos ganan los colombianos-, pero vale para hacernos una idea). ¿Y si nadie les vota? También. ¿Y si obtienen 1 curul? Pues 5 para ellos. Esto, en los procesos electorales de 2018 y 2022. Así que efectivamente, aunque no lo quiera nadie, ahí estarán, al menos hasta 2026, cantando las bondades de su pensamiento marxista-leninista. Algo del siglo XXI, vamos.

Aparte de estos, hay más puntos que han sido de difícil defensa por parte de los partidarios del “Sí”. La no devolución por parte de las FARC de un solo peso del negocio del narcotráfico, secuestros y extorsiones, a lo largo de estas más de 6 décadas de “conflicto”; la cuestión agrícola, con el reparto de miles de hectáreas a las FARC, expropiaciones incluidas; las remuneraciones para los guerrilleros que se reinserten en la vida social en un país donde cada año mueren de hambre más de 6.000 niños; la posibilidad de que militares, políticos, e incluso expresidentes puedan ser juzgados ante esta JEP si lo piden las FARC, igualando el trato entre unos y otros; la constitución de los tribunales, donde los propios narco-terroristas podrán elegir a los jueces que les van a juzgar; la necesidad del visto bueno de las FARC para que más de 24 medidas económicas puedan ser llevadas a cabo por el Gobierno colombiano, etc., son acuerdos que a cualquier colombiano le gustaría revisar, pero que también sabe que en algo tendrá que ceder si quiere un país más libre.

Hay otras que, a pesar de las 297 páginas, tienen una enorme indefinición y una muy difícil implementación, como el saber qué pasará con los cultivos de coca, quién se quedará con el negocio de la droga, cómo y cuándo será el desarme, ya que de momento solo estamos ante el eufemismo de la “dejación” de armas -me contaba el otro día un General del Ejército colombiano experto en inteligencia que el semestre de la historia donde las FARC han comprado más armas ha sido en 2016-, dónde y cómo será esa restricción efectiva de libertades y derechos, cómo y cuándo serán los juicios, si estará el país preparado económicamente para los gastos del proceso, etc…

El presidente Santos ha dividido a Colombia.

Y es ahí donde ha estado el gran error del presidente Santos. En unas negociaciones tan complicadas para terminar con un conflicto tan largo y sangriento, hay que hacerlo con el pueblo, y no dividiendo a los colombianos, que es lo peor que deja, hasta la fecha, este proceso. Aun recuerdo una anécdota, a finales del año pasado, cuando Santos anunció que en 6 meses se firmaría el Acuerdo. Tuve la ocasión de compartir con dos amigos, a cuyos padres les había asesinado las FARC, un encuentro muy revelador en el que me expusieron su visión ante el proceso. Ella, Paula Andrea, 27 años, de Uribía, me decía que estaba dispuesta a lo que hiciera falta con tal de que nadie pasara lo que ella y su familia habían pasado, “lo que haga falta, así no vayan a la cárcel y estén en una mansión con 10 mujeres cada uno, botellas de whisky y viendo fútbol todos los días”. Él, Juan Camilo, 30 años, bogotano, me decía que no, que los que habían matado a su papá tenían que ir a la cárcel y cumplir sus penas. Que por supuesto que todos tendrían que hacer esfuerzos para conseguir la paz, y que él estaba dispuesto a hacerlos, pero no solo él, “los narco-terroristas también; no me vale que me digan en la jetica que sí, que son ellos los que mataron a mi papá y que salgan caminado delante de mí. Eso ya no, oiga. La paz con impunidad no es paz”.

Esto me hizo ver lo dividido que estaba el país. Y creo que aunque ahora hubiera ganado el “Sí” con apenas 50.000 votos más, esta división no era buena para Colombia. Había que contar con todos. Hay que contar con todos, Presidente.

Y ahora, ¿qué?

Tras el “No”, el mismo domingo Santos se apresuró, tras presentarse al país como “presidente de todos los colombianos; tanto de los que votaron por el “No” como de los que votaron por el “Sí” (gracias Presidente, es usted un gran demócrata; pensé yo que ya no iba a ser presidente de los habían votado por el “No”, aunque no sé bien cómo se consigue eso, la verdad) a decir que “convocará a todas las fuerzas políticas y en particular a las que se manifestaron por el “No” para escucharlas, para abrir espacios de dialogo, y determinar el camino a seguir”. Está bien, que con el “No” a cuestas, el Presidente Santos quiera escuchar a Uribe y a los más de 28 millones de colombianos que, pudiendo hacerlo, no votaron por su Acuerdo. Gracias Presidente. Ahora sí, ¿no?

Por su parte, Timochenko –el nuevo adalid de la libertad y de la paz- tuvo el valor de decir que “las FARC-EP lamentan profundamente que el poder destructivo de los que siembran odio y rencor haya influido en la opinión de la población colombiana”. Las FARC-EP hablando de odio y de rencor. ¡Toma ya!

 A partir de ahora, nadie sabe qué puede ocurrir. La posibilidad de que el presidente Santos refrende el Acuerdo en la Cámara obviando el plebiscito del pueblo no parece una posibilidad, si bien ya se le está pidiendo desde varios sectores de la población. Uno de ellos el de las FARC-EP. Curioso, ¿no? Igual sí era un buen acuerdo para ellos.

Ahora Santos, si estuviera a la altura, tendría que dimitir. Uno, por su estrepitoso fracaso, que teniendo toda la maquinaria del Estado a su favor para que ganara el “Sí” (medios de comunicación incluidos) solo haya sido capaz de convencer al 18% de los electores de que este Acuerdo era bueno, de que con este Acuerdo se hacía (algo de) justicia. Y dos porque, si realmente se pretende continuar o retomar unas negociaciones, no puede volver él a la mesa de negociación. El proceso necesita un rumbo nuevo, un soplo de aire fresco.

El presidente debe entender lo que quieren los colombianos.

Como no lo va a hacer (lo de no dimitir no es solo algo español), lo que Santos tiene que analizar y entender es por qué, cuando lo más querido por todos (sí, por todos) los colombianos es la paz, es que no haya más muertos, es que sus hijos crezcan en un país donde no haya atentados, ni secuestros, extorsiones ni violaciones, este Acuerdo no les gusta, por qué resta dignidad al pueblo y especialmente a las víctimas, por qué los colombianos tienen miedo de firmar este papel, sin saber lo que va a pasar ni las consecuencias que a medio y largo plazo pueda tener.

Por otra parte, parece que no tiene mucho sentido que las FARC vuelvan a las trincheras ni que cese el alto el fuego. Es un movimiento que el pueblo jamás entendería. Hasta ahora se han mostrado partidarios de continuar negociando, aunque seguro que el nuevo acuerdo (si lo hay) no será tan beneficioso. Y eso, les dolerá.

En cualquier caso, lo que sí parece ahora son dos cosas: primero, que Santos deberá escuchar al país, a un país dividido, pero que tiene personalidad y valentía para rechazar un mal. Acuerdo como el que él propuso; y segundo que, tras más de 4 años sentados en La Habana, nada será muy rápido. Habrá que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

Mi querida y colombiana España.

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Categorías:Colombia, Paz, Terrorismo

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1 respuesta

  1. Y como siempre todos nuestros partidos políticos sin excepción sumándose al carro. El día de la investidura fallida de Rajoy, después de que nuestros representantes fueran incapaces una vez más de ponerse de acuerdo para formar un gobierno, Sánchez-Camacho subió a la tribuna para leer una declaración U NÁ NI ME de todos los grupos parlamentarios de la cámara en favor de un proceso de paz que, como hemos comprobado, dividía a los colombianos en dos. ¡Qué injerencia más insoportable en los asuntos internos de un Estado soberano y qué papanatismo más necio el de nuestros representantes! De Podemos-IU se entiende porque las FARC son sus correligionarios en Colombia pero del PSOE, Ciudadanos y ya no digamos el PP sólo por el poco criterio buenista de leer paz y dar por bueno cualquier acuerdo. Hay que reconocer en ese sentido que Santos ha sabido internacionalizar el conflicto pero en casa la jugada no le ha salido bien. Por algo será…

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