La Fe de Pablo Ráez

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Pablo Ráez era un joven marbellí de 20 años al que al poco de estrenar la mayoría de edad le habían diagnosticado una leucemia. Según los mayoritarios cánones juveniles actuales Pablo era un tío guay: carismático, abierto y amigable. Un guaperas ennoviado con una chica bella por fuera y por dentro que le ha acompañado hasta el final. Un atleta que jugaba a waterpolo, se machacaba por el culto al cuerpo, surfeaba con pendiente de madera en la oreja incluido y hasta se había convertido en novel practicante de ese entrenamiento importado de los marines tan de moda ahora entre los ejecutivos agresivos llamado crossfit. Al conocer su enfermedad, Pablo, la afrontó con una entereza admirable y de una manera tan natural como magistral difundió su historia por las redes sociales, cosa que le granjeó miles de apoyos hasta llegar a convertirse en un símbolo de la lucha contra el cáncer por parte de quienes lo padecen. Al fin y al cabo no hizo nada nuevo sino que simplemente se limitó a seguir publicando fotos en Instagram con la misma normalidad que hasta entonces pero con la salvedad de que ahora esas vaciletas posturas de musculitos pasaban de ser el simple postureo frívolo y narcisista de tantos de los que transitan entre la adolescencia y la juventud a un mensaje de coraje y valor en la enfermedad y la más sublime resistencia vital: #SiempreFuerte.

Pablo aprovechó su caso para promover una gran campaña por la donación de médula ósea que ha aumentado el número de donantes y por tanto las posibilidades de salvación para otros enfermos en espera de trasplante. Al propio Pablo le llegó la operación y se recuperó reincorporándose a la normalidad con más ganas y mejores dotes para la vida que los que tenía antes de la leucemia, según él mismo nos comunicaba, y agradeciendo todo lo que esta dura piedra en su recorrido por el valle de lágrimas le había enseñado. Recayó, volvió a necesitar un nuevo trasplante y lamentablemente, hace apenas unos días nos llegaba la noticia de su muerte con la consiguiente conmoción entre quienes le habían seguido.

Pero Pablo no era sólo un joven vitalista que gozaba del tan de moda pensamiento positivo o que, a consecuencia  de la superación física y psíquica entrenada en los más duros deportes de resistencia encaraba su enfermedad de una manera heroica. Cuando tenía catorce años y por tanto edad, según las estadísticas, para iniciarse en el lado salvaje de la vida, Pablo, se acercó a la parroquia acompañado de sus padres y pidió al cura que le ayudara a entrar en contacto con Cristo. Recibió catequesis y se preparó para recibir los sacramentos: Bautismo, Confirmación y Comunión. Tanto le agradó esa relación con la Iglesia que incluso hizo de monaguillo iniciando una gran amistad con el sacerdote José López que, como el mismo Pablo nos contaba, ha sido fundamental sobre todo en los momentos más duros.

Y en MQE nos preguntamos por qué se ha pasado de puntillas, cuando no se ha obviado directamente, un detalle, que precisamente goza de especial importancia cuando tratamos una historia de vida, enfermedad y muerte como era la Fe de Pablo en Dios.

¿Por qué se ha ocultado o dejado en lo anecdótico un aspecto tan importante que el mismo Pablo nos contaba? ¿O quizás ya era el propio Pablo quien se autocensuraba para que su mensaje resiliente, positivo y solidario a secas, tan del gusto contemporáneo, no quedara estigmatizado y, por tanto, llegara a menos público? Y es que son demasiados los testimonios que nos hablan de la superación de dramas y tragedias desde la Fe que quedan automáticamente relegados al entorno católico, como si su mensaje no pudiera ser tan válido como los demás, en cuanto ponen a Dios por en medio.

El actual ambiente y clima de desconocimiento entre indiferente y hostil ante el hecho religioso, circunscribiendo el potencial de la Fe al ámbito más íntimo y privado junto con el auge de sustitutivos  low cost espiritual a través del cajón de sastre New Age mucho tiene que ver. Los medios de comunicación, que tanto nos hablan ahora de la posverdad, bien lo saben; y demasiados católicos han acabado asumiendo que su creencia es algo de lo que no se debe hablar en público para no “discriminar” o incomodar a nadie. A Pablo se le ha presentado como a un joven deportista muy puesto en las redes sociales, dejando su realidad cristiana como un simple dato extra, como si de las aficiones le hubiera venido la fuerza con la que ha afrontado su lucha.

Si bien algo nos ha contado el Padre José López, nos hubiera gustado saber más de la vida espiritual de Pablo y que hubiera compartido, tanto con sus hermanos en la Fe como con los que ahora mismo están alejados de ella, cómo rezaba y se encomendaba a Dios uniéndose desde el sufrimiento de su enfermedad al de Jesús en la cruz. Él mismo reconocía que a pesar de, o precisamente gracias a la enfermedad, había sido capaz de ver todavía con más fuerza la belleza del mundo.

Algunos volverán a preguntarse e incluso a interrogarnos amargamente acerca de dónde está Dios ante otra muerte a nuestros ojos mundanos injusta y prematura. Una prueba de que no existe, dirán. Pues estaba ni más ni menos que con y en Pablo Ráez porque Pablo ha sido una preciosa prueba de su misteriosa existencia, una maravillosa herramienta que a través de una corta pero intensa vida ha hecho el bien y ha testimoniado el amor, dando coraje a quienes se puedan encontrar en la misma situación y movilizando de la única manera que parece posible hoy en día, en esta emotivista sociedad, hacia una buena causa.

Dios se ha hecho valer de Pablo y desde MQE encomendamos su alma. Combatió bien su combate y por él pedimos para que goce de la eternidad en la casa del Padre.

Mi querida y luchadora España



Categorías:Cristianismo, Héroes, Juventud, Medios de comunicación, Sin categoría

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