Derechos colectivos: el primer paso para la tiranía

Sólo hay derechos de las personas; el colectivo es el pretexto para la servidumbre

EncuentroVida-63

Atinada reflexión de Carlos López Díaz en Actuall:

Alicia Rubio, la autora de Cuando os prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, ha sido destituida de su cargo en un Instituto por escribir este libro, en nombre de una ideología que supuestamente defiende los derechos de las mujeres. La paradoja sólo puede sorprender a quienes siguen comprando esa mercancía adulterada de los discursos de emancipación.

Cuando se habla de derechos colectivos, se preparan las tiranías futuras. Y no podría ser de otro modo, porque los derechos colectivos son entes tan imaginarios como la inteligencia colectiva o la voluntad general: no existen ni han existido jamás.

Sólo hay derechos de las personas, del mismo modo que sólo hay pensamientos y sentimientos individuales. El colectivo, por el contrario, es a menudo el pretexto para la servidumbre del individuo, para someter al ser humano concreto, de carne y hueso, a la tiranía de la masa, embellecida como abstracción filantrópica.

Los derechos de los trabajadores: una excusa para restringir la libertad de contratación de los individuos y para obligarlos a participar en huelgas mediante coacciones directas de piquetes “informativos”, armados con palos.

Los derechos de las mujeres y las minorías sexuales: una entelequia apta para limitar la libertad de expresión tanto de hombres como de mujeres, así como la libertad de los padres de elegir la educación de sus hijos, entre otros atropellos a los derechos individuales, como la presunción de culpabilidad por machismo u homofobia.

El “derecho a decidir” de catalanes, vascos, etc.: un descarado medio para coartar los derechos lingüísticos de los ciudadanos y, en el ominoso futuro anunciado por Lluís Llach o Héctor López, perseguir a quienes se opongan a incumplir la Constitución española.

[…]

La concepción victimológica de la historia está tan arraigada en la mentalidad moderna, que no es fácil desafiarla. El listado de agraviados de todo tipo no deja de aumentar, en paralelo a la elaboración de una neolengua cada vez más aséptica pero incapaz de ofender a ningún colectivo supuestamente maltratado.

Todos los victimismos se basan en la misma plantilla: existe una opresión secular, incluso milenaria, de un colectivo (capitalistas, varones, castellanos, etc.) sobre otro (trabajadores, mujeres, catalanes, vascos, etc.)

Esta injusticia que atraviesa los siglos justifica que el colectivo oprimido pueda ejercer una coacción de signo opuesto, directamente o mediante el Estado, sobre los individuos pertenecientes tanto al grupo opresor como al oprimido, porque estos últimos son traidores a la causa o, en términos marxistas, están “alienados”. Tenemos así una verdadera victimocracia, en la que si no eres una víctima no eres nadie, sino más bien al contrario, entras en la lista de sospechosos.”

Mi querida y lúcida España

MQE

 



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