La defensa de Madrid explicada por Chaves Nogales

A la espera de una película, bien podemos leer su libro

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Manuel Chaves Nogales fue un gran escritor y periodista. Republicano, no se dejó infectar por el sectarismo general y fue capaz de explicar, también, las atrocidades que cometían los “suyos”. Y además escrbía de maravilla. A sangre y fuego sigue siendo una obra estremecedora pero necesaria para comprender nuestra guerra civil. No es de extrañar que tuviera que acabar escapando de España para salvar su vida.

Actuall, en su serie sobre hechos de nuestra historia que merecerían una película (si nuestra industria cinematográfica no estuviera dedicada obsesivamente a atacar nuestra historia y envilecernos), rescata el relato que de la defensa del Madrid rojo nizo Manuel Chaves Nogales:

“El palacio de Buenavista está casi vacío. La sede del ministerio de la Guerra es un retrato exacto de la situación de la II República: el desánimo es generalizado y los funcionarios abandonan sus puestos. En ese ambiente de derrota emerge la figura del veterano general José Miaja, que organiza la resistencia de Madrid a toda costa al tiempo que el Gobierno huye a Valencia el 6 de noviembre de 1936.

Las intrigas políticas, el descontrol asesino miliciano, los recelos entre comunistas y anarquistas y la aparición de un papel milagroso que provoca que una derrota segura se convierta en una inesperada victoria fueron algunos de los hechos más relevantes en el Madrid del otoño de 1936.

A todo ello asistió como testigo de excepción el escritor y periodista Manuel Chaves Nogales, director del diario Ahora, que narra las miserias y heroicidades de la batalla de Madrid en 17 capítulos que ahora reedita la editorial Espuela de Plata en Los secretos de la Defensa de Madrid.

El ejército sublevado aguarda exhausto a las puertas de la capital. El general José Miaja, comandante general de Madrid, espera la muerte los primeros días de noviembre de 1936: o la de los milicianos que se le echarán encima para vengarse por la derrota, o la de los militares que cercan Madrid y que acabarían con él por no haberles secundado en su rebeldía.

Chaves Nogales retrata un Madrid envenenado de odio en el que los milicianos quieren acabar con cualquier orden y los anarquistas han acuñado el lema “¡disciplinemos la indisciplina!”. La realidad es que muchos de los obreros -sin ninguna experiencia militar- sienten un gran desprecio hacia sus mandos militares. Así es imposible la victoria.

‘Para abrirlo a las seis de la mañana’

José Largo Caballero, jefe de Gobierno y ministro de la guerra, ha recorrido la sierra madrileña disfrazado de caudillo tropical. Su pose de combatiente se diluye a la velocidad con la que se acercan las tropas del general Francisco Franco: cita a Miaja en su despacho y le anuncia que deja Madrid.

-¿Qué ocurriría si el Gobierno abandonase Madrid?-, pregunta el socialista.

-El Gobierno debió marcharse antes, cuando todavía era oportuno. Sigo creyendo que no debe permanecer en Madrid, pero no sé cuáles serán ahora las consecuencias de un traslado que tiene todos los caracteres de una huida-, responde el militar.

Largo Caballero quiere pensar que aquello no va a suponer un golpe terrible en la moral de los combatientes que defienden la ciudad.

El general Miaja le ofrece su lealtad:

-Seguiré acatando fielmente las órdenes que se me den y cumpliré con mi deber hasta el último instante.

Miaja se queda solo en el palacio de Buenavista, sede del ministerio de la Guerra. El nerviosismo del viejo general aumenta cuando se topa con el general Asensio, que le entrega una carta. En el sobre se puede leer “Para abrirlo a las seis de la mañana”.

Miaja cree estúpida la orden de esperar. Queda poca gente en el ministerio, se acerca el general Pozas, jefe del Ejército del centro. Él también tiene otro sobre con idénticas instrucciones: “Para abrirlo a las seis de la mañana”.

Miaja no aguanta más, abre el sobre y lee una orden de Largo Caballero dirigida a Pozas para que se retire a Tarancón y organice allí la nueva línea de defensa republicana por si la capital no pudiera resistir.

-¡Esta carta no es para mí!, -exclama Miaja-. Mi carta debe estar en el sobre de la tuya.

Pozas rasga el sobre que le han entregado y allí está, efectivamente, la carta para Miaja. ¡Con las prisas por huir se habían equivocado de sobre!

Las órdenes para Miaja son igual de precisas: en este caso se le ordena la defensa de la capital a toda costa, y en el que caso de huida debe irse a Cuenca.

La capital está a punto de caer. Un año después del famoso 6 de noviembre del 36 Chaves Nogales hace la siguiente apreciación: “Si Franco hubiese sido un gran capitán sus tropas hubieran entrado aquella madrugada en Madrid. Le faltó la intuición genial, la resolución fulminante, la videncia típica del caudillo”.

Pero en este momento la situación es desesperada, Miaja llama los responsables de cada una de las columnas que defienden Madrid. Llegan a un ministerio del que muchos ya han huido.

-El Gobierno se ha ido -les dice Miaja-. Madrid está a merced del enemigo. Ha llegado el momento de ser hombres. ¿Me entienden bien? Hay que ser hombres. ¡Machos! ¡Ser machos! ¡Saber morir! ¡Eso es lo que hace falta! ¡Quiero que los hombres que estén conmigo sepan morir!

Legionarios y regulares a las puertas

Hace seis horas que el Gobierno ha huido camino de Valencia. Miaja pasea por ese ministerio con la moral por los suelos. De pronto se encuentra a un teniente coronel desempeñando un puesto secundario: Vicente Rojo, al que dice algo así como ‘levántate y anda’ y acto seguido nombra jefe del Estado Mayor.

La defensa de Madrid es un caos, son momentos desesperados y el veterano Miaja se echa en brazos del partido comunista, más fiable que los anarquistas para hacer la guerra.

El quinto regimiento es la única tropa voluntaria con cohesión y disciplina que hay en Madrid. El general, apoyándose en esta fuerza comunista, arrastra a las demás fuerzas revolucionarias y las somete a su mando. Para ganarse su confianza el general, sin ser comunista, se prende en el pecho la estrella roja de cinco puntas.

Es verdad que el ejército de Franco está exhausto, lleva meses combatiendo, y ha realizado casi 600 kilómetros a pie. La provincia de Sevilla, la entrada en Badajoz, el Alcázar de Toledo… todo han sido victorias, así que el cansancio al menos se suple con una moral alta.

De esta forma el desgastado ejército sublevado llega a los arrabales de Madrid. Los regulares y los legionarios se hacen notar el día 7 de noviembre cuando irrumpen en la Casa de Campo. Nadie de la Junta de Defensa cree posible la resistencia.

Pero en un instante va a cambiar el curso de la batalla. El comandante Trucharte, al mando de uno de los batallones de carabineros destacados en las avanzadas de la carretera de Extremadura, solicita con urgencia reunirse con el general Miaja. Un papel le quema en las manos.

Un tanque abatido por los defensores es asaltado por varios milicianos. En su interior perece el comandante jefe de la sección de tanques de los sublevados. En sus bolsillos han encontrado varios documentos, entre los cuales destaca la orden de ataque dada a las tropas por el general en jefe que dirige las operaciones sobre Madrid.

El general Miaja no da crédito cuando lee el papel que contiene los puntos exactos en los que atacará el ejército nacional, el papel que les va a hacer salvar Madrid.

La jugada era la siguiente: mientras los milicianos se apelotonaban en los barrios populares del sur para contener el ataque simulado contra los puentes de Segovia y Andalucía, el grueso de las fuerzas rebeldes se filtraría hacia el noroeste para penetrar en el corazón de la ciudad a través de la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria. Un golpe rápido que en pocas horas habría propiciado que las tropas de Franco desfilaran por la Gran Vía.

-¡Hubiese caído en la estratagema!-, exclama el defensor de Madrid con absoluta sinceridad. ¡La finta del adversario era buena!”

Mi querida y trágica España

MQETWFACE



Categorías:Guerra civil, Historia, Memoria Histórica, Sin categoría

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2 respuestas

  1. Reblogueó esto en El Heraldo Montañés.

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  2. Y provocó dos años y medio más de chekas, sacas y asesinatos.

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