Feminismo y psicopatía

Imposible satisfacerlas, son una muestra de psicopatología

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Tras asistir al despliegue de vulgaridad, eslóganes absurdos y promoción de odio en que ha acabado la “huelga de Estado” feminista, puede venirnos bien un poco de reflexión calmada sobre el fenómeno al que estamos asistiendo.

Miguel Ángel Quintana Paz tiene algo que decir. Lo ha escrito en un artículo en The Objective en el que leemos cosas como éstas:

“Voy a intentar explicar que el comportamiento de estas feministas, cuyas propuestas y acciones acaban dañándonos a todos (ellas incluidas), encaja con lo que sabemos acerca de ciertos trastornos psicopatológicos.

Permítaseme ilustrar esta idea con una anécdota, quizá no solo anecdótica. La narraba hace unos días Saúl Amado en El Diario de Valladolid. Saúl es joven, empresario y jurista. Como resultado de esas tres cosas ha fundado una consultoría legal-tecnológica. Hace unos días contrató allí a una directora de comunicación de veintidós años, con un currículo tan excelente como prometedor. Y decidió anunciar por correo electrónico a otros interesados del sector tan grata noticia.

Inmediatamente recibió una respuesta de un grupo de mujeres juristas: “Seguro que, siendo directora de comunicación de la empresa, sabe escribir ella sola un correo”. Vaya, debió de decirse Saúl, he pisado involuntariamente ciertos callos feministas. Por suerte, con buena voluntad, existía una solución fácil a parejo entuerto: el resto de correos empezó a enviarlos la flamante directora de comunicación. ¿Se librarían así de la tácita acusación de machismo? Fue entonces cuando a nuestra brillante veinteañera le arribó rauda la respuesta de una asociación de mujeres empresarias: “Sentimos que seas tú quien envíe este mensaje y no lo haga el propio CEO, que es quien debe promocionar y presentar a tu equipo”.

Lo que vivió Saúl tiene un nombre en terapia psicológica. Se llama double bind, vertido al castellano como “doble vínculo”. Fue descubierto en la Escuela de Palo Alto, un grupo de estudiosos de la comunicación que trabajó en torno a esa ciudad californiana en los años 60 y 70. De ellos nos interesa sobre todo su más polifacético representante, Gregory Bateson, pues fue quien acuñó este término.

La cosa fue así: Bateson se dio cuenta de que a veces, al hablar, colocamos a nuestro interlocutor en una posición bien escabrosa. Conseguimos que, haga lo que haga, salga perjudicado. Un ejemplo de esto sería si alguien le preguntara a usted, querido lector, “Oye, ¿has dejado ya de pegar a tu pareja?”. Tanto responder “sí” como responder “no” le hará quedar a usted como un maltratador, pasado o presente. Si además, como acabo de hacer, antes de realizarle esa pregunta le interpelo a usted como “querido amigo”, consigo algo aún más endiablado. Pues de ese modo, incluso si usted se revuelve contra el modo en que he formulado la pregunta misma, quedará bastante mal: yo me he dirigido a usted cariñosamente, ¡y usted me responde tan airado! ¿Por qué se ha puesto a la defensiva? ¿No será esa la prueba de que, en el fondo, usted sí tiene a este respecto mucho que ocultar?

(…)

Los grupos sectarios son muy aficionados, asimismo, a ponernos en situaciones de doble vínculo. Pensemos ahora en un gurú que conminara a sus seguidores a donarle el 50 % de sus ingresos. Cuando alguno de esos fieles se revuelva ante el guía y le pregunte que para qué quiere tanto dinero, este le contestará seguramente que no sea tan avaro, que ello le entorpece en el Camino de la Auténtica Iluminación. El discípulo entonces se hallará ante un doble vínculo: por una parte, le irá mal a él y a su cuenta corriente si dona esa cantidad que el maestro le reclama (pero ¿no habíamos quedado en que la riqueza era nociva?, ¿para qué quiere el líder entonces tantos euros?); mas, por otra parte, si no lo hace, se sentirá culpable y además perderá el beneplácito de su comunidad. La secta, por tanto, le envía un doble mensaje: que el dinero es muy importante (así que hay que dárselo a ella, que lo necesita) y que no lo es (así que debe donarlo, sin aferrarse al mismo). Y, decida lo que decida nuestro pobre creyente, resultará dañino para él.

(…)

Este es el peligro psicológico de todos los dobles vínculos, incluidos los feministas. En la medida en que el feminismo te ordena que presentes a tu empleada (para mostrarle deferencia), pero que a la vez no la presentes (para no mostrarte superior a ella), está siendo psicopatológico. Cuando las feministas exigen que tratemos a las mujeres de modo especial (como seres oprimidos que precisan nuestra ayuda), pero que a la vez las tratemos igual que a cualquiera (para no mostrarse condescendiente ante ellas), ronda también un doble vínculo psicópata. Algunas ya están incluso quejándose a la vez de que los hombres intenten seducirlas (lo equiparan con el acoso) y de que últimamente sean muy paradines (vaya hombres más sosos, qué pasa, ¿nos desprecian?).

Toda esta batahola es evidente que no hace ningún bien a la sociedad, pero tampoco, como empezamos diciendo, a las vidas de esas mujeres. Si, suceda lo que suceda, todo te va a amargar, me temo que estás en un camino seguro hacia la amargura. Eso sí, advierto al lector que no intente explicárselo a ellas: le acusarán de mansplaining. Y que, por favor, tampoco se abstenga de explicárselo: le acusarán entonces de indiferencia.”

Mi querida y patológica España

MQE

 



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