A propósito de la libertad e igualdad

Sobre que base re-construir España

Hablamos de reconstruir porque no cabe duda de que la unidad y cohesión de España están deterioradas. No utilizamos la palabra reconstruir en el sentido de hacer una nueva España. España existe, España tiene historia, España es. Es verdad algunos quieren hacerla desaparecer y el instrumento utilizado es la división, el enfrentamiento entres su partes, el abandono de sus esencias, la falta de propuesta de un ideal común.

En ese intento por recuperar esa unidad y cohesión algunos apuestan por la fórmula libres e iguales. Una fórmula en la que toda diferencia parece injusta y debe ser eliminada. Una fórmula en la que la identidad se ve como algo peligroso, problemático. En MQE no vamos a poner en duda que puede haber diferencias injustas, tampoco vamos a negar que la entronización de la identidad propia como sumo ideal es algo negativo que impide la convivencia. Sin embargo, pensamos que recuperar España como nación no pasa ni por la libertad ni por la igualdad, sino por recuperar la argamasa que hizo posible que pueblos muy distintos (Castellanos, Aragoneses, Catalanes, Vascos, Navarros, Andaluces, Murcianos,…) fueran capaces, manteniendo sus costumbres, instituciones, lenguas, de unirse en un proyecto común llamado España. Y esa argamasa fue sin duda la fe católica y el ideal de defenderla y expandirla por todo el mundo llevando con ella la civilización.

Recuperar esa argamasa permitirá sin duda que los españoles sean más libres, iguales en lo esencial y que mantengas sus raíces y diferencias. Algo parecido pero con mayor maestría expresa Juan Manuel de Pradas en ABC:

Vinculados y diferentes

Se ha planteado en fechas recientes una amago de disputa en el seno de la derecha, a propósito de si deben tener o no «perfil propio» en el País Vasco, o si por el contrario deben ofrecer una imagen sin fisuras, envueltos todos en la bandera o mortaja del «libres e iguales» que preconiza la lideresa Cashetana, que en un pispás ha convertido a los pipiolos Pablito y Teodorín en sus perritos caniches.

Nos enseñaba Unamuno (que tal vez supiese un poquito más del alma española que la lideresa Cashetana), que «la integración viene después de la diferenciación». Y a renglón seguido, afirmaba: «Yo amo a la patria común con el amor ideal de un espíritu que busca la armonía, con amor nacido al leer su Historia, y amo a la patria de campanario con el amor real que busca la médula del alma, con amor que nació conmigo». Negar los efectos del entorno en la formación del carácter es cosa absurda; y pretender que esa idiosincrasia propia no cuaje históricamente en tradiciones e instituciones propias es pretensión de ingenieros sociales. Y es que el ansia de uniformización es siempre delatora de gentes que no aman las realidades concretas de la vida. Dios creó todas las cosas con una vocación de unidad armoniosa; pero las creó todas diversas. Desde el átomo al ángel, nada hay que exista aislado (los átomos se juntan en moléculas y los ángeles en coros); pero, si miramos de cerca los átomos, descubriremos que hay neutrones, protones y electrones, todos ellos con perfil propio; y si miramos de cerca a los ángeles descubriremos que hay querubines, serafines y así hasta llegar a los arcángeles, todos ellos con perfil propio. Y es esta diversidad la que, bien diferenciada, permite la auténtica integración. España, como los átomos y los ángeles, se integró desde la diferenciación. Cuando los señoríos vascos más aportaron al bien de España fue, precisamente, cuando su carácter propio y sus instituciones propias se pusieron al servicio de un ideal común.

Lo que impide en España la unión de sus pueblos no son los perfiles propios, sino la ausencia de un ideal común, que puede encarnarse a lo largo de la Historia en diversas concreciones, pero que en última instancia siempre es de naturaleza religiosa, como el mismo Unamuno nos enseñó. Pretender sustituir la entraña de ese ideal común por entelequias tales como el «patriotismo constitucional» no hará sino crear más desavenencias entre los pueblos de España, porque el auténtico patriotismo no se nutre de entelequias, sino de vínculos ciertos y amores palpables. A mí, mucho más atractiva que una España de gentes «libres e iguales» me parece una España de gentes «vinculadas y diferentes». Una España donde el apego a la tierra natal no esté reñido con la lealtad al jefe común (que tampoco, por cierto, tenemos); una España que, en lugar de cultivar esa obsesión jacobina por la libertad (que, históricamente, ha sido siempre la coartada para fomentar las divisiones y rencillas internas que convierten a los pueblos en disociedades), retornase a la unidad en la diversidad, cosa que no logrará mientras no aprendamos a amar las distintas formas de ser español, desoyendo los cantos de sirena uniformizadores que tanto han contribuido al crecimiento del sentimiento separatista. Pero estos jacobinos desaforados que dicen amar una España uniforme que nunca existió sólo aman el poder; y es que, como nos enseña Tocqueville, «el poder adora la uniformidad, pues la uniformidad le ahorra el examen de una infinidad de detalles de los que debería ocuparse si hiciera las reglas para los hombres, en lugar de hacer pasar indistintamente a todos los hombres bajo la misma regla».

No parece que el camino sea la desvinculación, la uniformidad y la eliminación de la libertades concretas.

Mi querida y desvinculada España.



Categorías:España, Separatismos

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