El gobierno quiere expropiarnos nuestra moralidad

Escribe Miguel Ángel Quintana Paz una interesante reflexión acerca de lo que está en juego con el gobierno progre-comunista de Sánchez e Iglesias. En un artículo en The Objective empieza concediendo que no cree “que la principal amenaza del nuevo Gobierno provenga de sus ideas económicas, aun cuando estas resulten francamente mejorables”.

¿Entonces?

“Ahora bien, que la izquierda no vaya a expropiar objetos materiales no debería obnubilarnos. Se trata simplemente de que ya no andamos en 1917, sino encarando la tercera década del nuevo milenio. Sería bueno que nuestra derecha más despistada por fin lo captara: la izquierda ya no dirige el grueso de sus afanes expropiatorios hacia la economía. Mas no porque haya superado esa clase de ambición: de hecho, la conserva más lozana que nunca. Simplemente, ahora la dirige hacia otra cosa. La izquierda del siglo XXI anhela expropiarnos algo mucho más íntimo… Hoy la izquierda quiere expropiarnos nuestra moralidad.

Lo dejó explicado el recién fallecido sir Roger Scruton: podemos contemplar las últimas décadas como una confiscación progresiva de asuntos morales que antes atañían a la conciencia de cada persona, pero que ahora el Estado se atribuye el derecho de controlar. Empezaré por un ejemplo que no pertenece al nuevo ejecutivo izquierdista, sino que contó incluso con el beneplácito de un partido pretendidamente liberal, Ciudadanos. Se trata de la nueva ley animalista que aprobaron hace año y pico en La Rioja. Aparte de establecer autopsias obligatorias a toda mascota fallecida (para supervisar el buen trato dado por sus propietarios: hoy no te puedes fiar de nadie), hablamos de una legislación que permite a los funcionarios riojanos entrar en cualquier sitio “libremente y sin ninguna notificación” para fiscalizar si se está cuidando apropiadamente a los animalitos.

Con todo, y por mucho que llame la atención hasta dónde ha llegado la mentalidad expropiadora en nuestros políticos “centristas”, es sin embargo a su izquierda donde esta florece esplendorosa. El nuevo Gobierno quiere intervenir en nuestras relaciones sexuales (adiós a todo juego tácito en ellas; a partir de ahora, él ha decidido que lo único aceptable son los consentimientos verbales, explícitos y repetitivos); quiere intervenir en cómo narramos nuestra Historia reciente (adiós a la libertad de investigación: cualquier cosa que no suene lo suficientemente antifranquista podrá ser castigada); quiere intervenir en cómo hablamos (adiós a la responsabilidad de cada cual a la hora de elegir las palabras adecuadas: si alguien juzga por ti que lo que haces es “expandir el odio”, padecerás las consecuencias y serán penales). Cuantos más asuntos morales absorbe el Gobierno, menor campo le queda al juicio ético de cada persona. Sustituyamos la moralidad privada por la cárcel y las multas: esa es la auténtica distopía expropiatoria hacia la que nos conducen nuestros mandatarios izquierdistas.

Todo esto se hace, naturalmente, con el beneplácito de millones de nuestros compatriotas, que están encantados (reconozcámoslo, aunque nos duela a los libres) con que sean otros los que juzguen, decidan y castiguen por ellos. La cosa empezó ciertamente con la economía y ya lo comentamos aquí en The Objective: hay gentes que se dicen entusiasmadas de pagar más impuestos para que sean otros quienes determinen por ellas en qué emplearlos, cuando siempre les cabría la opción, de poseer esa generosidad de que blasonan, de donar ellos mismos esos caudales a las causas que libremente eligieran. ¿O no será justo escaparse de tal decisión lo que apetecen? Y bien, ahora ese afán de delegar en otros las decisiones se ha extendido desde los meros dineros hasta los propios hijos; y por eso tantos claman (con ocasión del llamado “pin parental”) para que el Estado reabsorba un derecho que la Constitución otorgó a los padres: el de que sus hijos reciban la formación “moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Ojalá el Gobierno decrete qué principios morales he de cultivar yo y cuáles han de transmitirse a los míos: ¡es tan cansado todo eso de juzgar éticamente!”

Mi querida y expropiada España



Categorías:estatismo, Libertad

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