El Mausoleo de los Caídos

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Se conmemora el primer aniversario del inicio de la Guerra Civil sin ya Franco en el Valle de los Caídos (como fuera durante los dieciséis años antes del 23-N de 1975) y la significación de la basílica en Cuelgamuros ha tomado un nuevo cariz -el originario- que debería ser ya el permanente.

Sacar a Franco del Valle era algo totalmente ahorrable y sobrante. En primer lugar porque se trataba de una cobarde profanación, al hacerse sin el consentimiento de sus familiares, de los restos mortales de una persona con la que los profanadores no habían podido en vida y que yacía en ese lugar desde hacía cuarenta y cuatro años. En segundo, porque se planteaba como la principal escena de toda una obra para reescribir la historia desde un falso supremacismo moral del bando perdedor frente al ganador y que solo podía traer de alguna manera una reapertura de las viejas heridas en una sociedad española abonada desde hacía décadas, también en este tema, al pasotismo y la indiferencia. Y en tercero, porque los tiempos judiciales facilitaron que el partido en el Gobierno pudiera realizar un gran show mediático-electoralista de campaña, apenas unas semanas antes de las elecciones generales.

Durante los últimos años Franco permanecía en Cuelgamuros sin recibir apenas visitas, más allá de numerosos turistas pagadores de los casi diez euros de entrada, y los cada vez más escasos nostálgicos. Alejado de Madrid, su sepultura en la Sierra de Guadarrama parecía más un castigo, una especie de destierro, que un homenaje para la eternidad, si es que esa había sido la idea de Arias Navarro cuando decidió la basílica como lugar de sepultura, ante el silencio en vida de un Generalísimo -el del atado y bien atado- que por lo que parece dejó la gestión de su cadáver a la discrecionalidad del Gobierno superviviente.

Como un nuevo homenaje pareció la operación de Sánchez. Ni a Antonio Mercero en su genial Espérame en el Cielo se le hubiera ocurrido algo mejor, con esa salida televisada y fellinesca elevación en helicóptero. -Ya se sabe que cuando un imbécil se pone a hacer el mal le sale la jugada del revés-. Porque según se mire, con toda una escenografía alrededor, como si de un segundo funeral solemne se tratara, el Caudillo con su única hija ya fallecida, tras cuarenta y cuatro años extra de servicio al Estado, siendo la atracción principal de uno de los monumentos del Patrimonio Nacional más visitados, volvía a El Pardo, y dada la menguante asistencia por evidentes motivos biológicos a la misa de aniversario del 20-N, era movido para yacer junto a su Carmiña, como esta hubiera querido desde el principio, y cerca de sus principales colaboradores, como el mencionado Arias y el fiel Carrero Blanco. Ya no estaría en una basílica compartida con miles de soldados, bajo una mera lápida sin ni siquiera su segundo apellido grabado en ella, sino en un auténtico panteón de dos plantas: capilla y cripta, propia de todo un destacado Jefe de Estado, como es el sito en Mingorrubio. Y es que el municipio de El Pardo, que fuera su lugar de mando y residencia y de gran ambiente castrense, con la Zarzuela cercana, parece un destino más acorde con su figura que no la de ser uno más en la cripta de la Almudena como quería en segundo término la familia.

Con Franco fuera, el Valle de los Caídos ya no debiera ser excusa para no ser otra cosa que el gran mausoleo de nuestra incivil Guerra Civil. Pese a las buenas intenciones de redestinarlo para ser una especie de Arlington español, su cometido no debe ser otro más que aquel para el que fue concebido. ¿Por uno de los bandos? Claro, por el que ganó la contienda. El sacrificio para los vencedores de la salida de su comandante debe servir para que efectivamente el Valle de los Caídos sea lugar de conmemoración y reconciliación, aunque es evidente que jamás lo será al gusto de todos.

Porque una parte de la izquierda, la más extrema, no cejará en su empeño de deconstruirlo. Por resentimiento ideológico, infantilismo victimista y conveniencia política. Dejando al margen la posibilidad de sacar aquellos restos cuyos familiares no quieran que estén ahí (siempre que técnicamente sea factible sin alterar los de los demás) y quizás la posibilidad de añadir alguna carpa, módulo o nueva edificación (no será por espacio) en el que se haga una explicación de la significación del lugar lo más apartidista posible, la Basílica y la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos tienen que ser ya intocables, más allá de las urgentes reformas de conservación y rehabilitación que buena parte de su construcción, empezando por el conjunto escultórico realizado por el republicano Juan de Ávalos, necesite.

En primer lugar porque es un lugar sacro y hay una legislación que respetar. En segundo porque no hay ningún tipo de significación de parte, salvo en el mosaico de la cúpula en el que constan las banderas de la Falange y el Requeté (las dos águilas de la fachada bien pueden identificarse como de los Reyes Católicos, en lo que fue el primer escudo de la reunificada España). Y cabe recordar que los actos políticos de exaltación del bando vencedor ya están prohibidos, otra cosa es que, con la excusa del traslado de Franco, al Gobierno socialista le interesaran las imágenes de brazos en alto y Caras al soles, y por ello las incitara a la vez que diera instrucciones a la Guardia Civil para que mirara hacia otro lado. Y en tercero porque, aunque en el bando vencido no solo había combatientes no católicos sino que precisamente buena parte de estos hicieron de la persecución contra la Fe católica su motivo de lucha, el mandamiento de Jesucristo de amor precisamente al perseguidor y perdón hace plenamente lógica su presencia y permanencia. Porque no es una efigie de Franco ni de José Antonio lo que encumbra el Valle de los Caídos sino la Santa Cruz. La misma que no molestaba a socialistas, comunistas e independentistas, cuando, con Franco vivo, se reunían en parroquias, conventos y monasterios para fundar sindicatos y partidos, preparar huelgas, encerrarse como protesta, esconderse de la policía y, en definitiva, hacer oposición.

De hecho, sería un fruto de gran madurez que en un futuro a medio-largo plazo el Valle pudiera tener el relieve institucional que merece, como pasa en otros países con sus conmemoraciones de las guerras más cercanas. Que cada 18 de julio y 1 de abril se celebraran solemnes actos de homenaje a los caídos y muertos en la guerra, encabezados por las primeras autoridades con un mensaje de “paz, piedad y perdón”, el mismo con el que acabó Manuel Azaña su presidencia de aquella República. Bien pudiera ese momento de plena madurez el centenario de la contienda a conmemorar de 2036 a 2039.

Ante la próxima embestida de este nuevo frente popular (así se le llama porque así se comporta, a diferencia del PSOE que gobernó España del 82 al 96) ni la Iglesia Católica ni la mitad de la derecha política podrán ponerse esta vez de perfil y dejar hacer por miedo al qué dirán. De resignificación fuera de la Basílica (porque no es otra cosa que una basílica) se puede hablar, pero de tocar lo que, ya sin Franco, es el mausoleo a todos nuestros muertos en la incivil Guerra Civil no. Por respeto a ellos y por respeto a nosotros mismos. Dicho fácil, la espada de una parte ya se sacó, pero la cruz, que por encima de guerras fratricidas, bandos ideológicos, intereses espurios y querellas humanas se eleva, se queda.

Querida y caída España.

 

 



Categorías:franquismo, Guerra civil, Iglesia Católica, Memoria Histórica

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