¿Y si la solución a la mala educación en España es el cheque escolar más el préstamo al honor?

Propuestas frescas para un entorno esclerotizado

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Que la educación en España no funciona como desearíamos es algo obvio. Los resultados de nuestro país en las pruebas internacionales que miden el nivel educativo confirman algo que ya sabíamos y sobre lo que cada uno puede aportar anécdotas y ejemplos particulares.

Pero la reforma de la educación que necesitamos se estrella contra varios tabúes intocables que impiden que España pueda avanzar. Uno de ellos es el cheque escolar, que no se sabe bien porqué sería el equivalente al demonio con cuernos, rabo y tridente (en España, porque en Suecia están encantados con él).

Por eso es importante que Jesús Banegas, Presidente del Foro de la Sociedad Civil, rompa ese tabú y se atreva a nombrarlo en este artículo en Disidencia:

“Es un lugar común el problema de la educación en España y si embargo las aproximaciones políticas al hecho suelen estar alejadas de su solución debido a desenfoques históricos, ideológicos y políticos que lejos de afrontar su realidad  la enredan y la complican cada vez más.

La importancia de la educación es incuestionable, no sólo porque enriquece la personalidad de los individuos y por tanto el uso de su libertad, sino porque está directamente asociada al progreso material de la humanidad. En tiempos de la Sociedad de la Información la educación se ha convertido en un activo aún más importante que en el pasado habiendo multiplicado como nunca las posibilidades  de realización de las mas legítimas ambiciones de los seres humanos.

No deja de ser llamativo que la decadencia de la calidad de la educación en España, que comenzó a acontecer gracias –es un decir!– a la LOGSE, haya coincidido con la emergencia de una nueva economía basada en el conocimiento.

Es también muy relevante que el más bajo nivel de resultados de nuestra educación esté  coincidiendo con su más alta disposición histórica de medios.

Los remedios progresistas al deterioro de la educación ––causada por ellos–– incluye dos recetas que no resisten el más elemental análisis crítico por su evidente inconsistencia empírica: seguir poniendo a los pedagogos –que no saben qué enseñar– a decir como se debe educar, a los que de verdad saben, y reclamando cada vez más medios, después de haberlos dispuesto para cosechar un gran fracaso con ellos.

Que más medios mal utilizados no remedian nada es algo obvio y de sentido común, que resulta además empíricamente comprobado: los mejores sistemas educativos del mundo no son los mas caros, sino los que mejor enseñan y en otro ámbito, el de la sanidad, la experiencia no pude ser más contundente: España disfruta de uno de los mejores y menos costosos sistema sanitarios del mundo. Claro que los más esforzados y mejores estudiantes españoles quieren ser médicos, mientras que los profesores de enseñanza raramente proceden de las élites estudiantiles, como sucede en los países que lideran los rankings de calidad educativa.

La política educativa progresista pretendidamente inclusiva ha terminado excluyendo del sistema –el popular fracaso escolar– a cada vez más jóvenes después de haber convertido las aulas en centros de acogida a tiempo parcial y entretenimiento* mientras se desterraba de ellas el esfuerzo, la constancia y el estudio**, sempiternos emblemas de buena educación de todos los tiempos.

El deterioro de la educación en España ha encontrado en su camino un imprescindible compañero de viaje hacia el abismo: las familias, que lejos de demandar una escuela pública exigente y seria se han venido aliando con el populismo educativo, contribuyendo así a su legitimación política en perjuicio de las nuevas generaciones. ¿Habrá alguna familia que ignore que una mala educación limita severamente las oportunidades de trabajo y remuneración de sus hijos? ¿Hemos olvidado que el mayor y mejor impulso histórico de la España contemporánea sucedió paralelo a unas generaciones de padres que valoraban la educación como la mejor palanca posible para el desarrollo de sus hijos?

Una mala educación familiar en valores como el esfuerzo, el mérito, la disciplina, la autoridad, el respeto a los mayores, el rigor, la seriedad, el compromiso, etc., no sólo determinan unos malos resultados educativos, sino también una dependencia cada vez mayor del Estado como consecuencia del abandono de la responsabilidad personal; la máxima expresión del ejercicio de la libertad.

Llegados a este punto el problema de la educación se desdobla en dos que hay que solucionar por separado: las pésimas prestaciones del sistema y la complacencia de muchas familias con él.

Como quiera que el fracaso de nuestra educación, dada su evidencia, ya no se discute, andan los políticos hablando de un arreglo mágico a través de un mecanismo que tiene más buena fama que buenos resultados en España: el consenso.

El consenso es evidente que no puede arreglar la educación en España pues ha sido el tácito causante de su deterioro: los gobiernos de mayoría socialista y populares no han hecho nada positivo al respecto y acaban de acordar títulos con suspensos, para más “inri”.

Como en tantas cosas positivas de la vida es el mercado –posibilidad de elegir libremente en un medio de libre entrada y salida de competidores – la única posible y verdadera solución al problema; al menos entre las familias que apuesten por la buena educación en valores y contenidos, no entre las que crean en los centros de acogida* anteriormente citados.

Siendo la educación un prestigioso bien público que además explica muy bien la prosperidad de las naciones, ello no significa que deba proveerla el Estado. Los países pioneros de la educación pública: Prusia entre 1717 y 1807, Francia e Inglaterra a partir de 1833, en EE.UU. desde mediados del siglo XIX lo fueron proporcionando medios  –solares, edificios, salarios de los profesores– para facilitar la extensión de la educación pero sin prestarla directamente y menos aún programar sus contenidos.

Después del panorama descrito, aunque no pueda ser una panacea ya que el Estado ni puede ni debe sustituir la patria potestad de los padres, al menos debiera facilitar a las familias que así lo deseen un cheque escolar para que puedan elegir dónde y cómo educar a sus hijos; ya sea en un centro público o en otro privado.

En Suecia, tras haber fracasado previamente como pioneros de las políticas progresistas, han tenido que rectificar habiendo convertido el cheque escolar en una exitosa realidad, junto con la mejora de la calidad de la enseñanza en competencia pública y privada.  Y ni que decir tiene que desde que está implantado la cuota de mercado de la segunda mejora a costa de la primera.

Ésta lógica y exitosa política en materia de educación básica se podría complementar en el ámbito universitario -donde la calidad es también mala– con “préstamos al honor” como en el Reino Unido dónde –citando a Fernando Lostao–: “ todos los alumnos pagan el coste real de sus estudios universitarios,  vayan a la universidad que vayan, pero están en condiciones de obtener un préstamo que cubre la totalidad de los gastos académicos y de manutención, que solo tienen necesidad de devolver a partir de un umbral salarial de 21.000 libras/año y a razón de un 9% de su salario. ¿Podría un sistema como este hacer ganar a nuestro sistema universitario español en accesibilidad, autonomía -ajena de presiones nobles o “innobles” de los políticos-, igualdad y competitividad? “.

¿Quien puede oponerse a una igualdad de oportunidades en la educación primaria, secundaría y universitaria como la descrita que al facilitar la competencia y la libre elección de centros educativos mejoraría y mucho la oferta educativa y los resultados educativos?”

Mi querida e innovadora España

MQE



Categorías:Educación, Libertad de Educación, Sin categoría

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1 respuesta

  1. Yo hice el bachillar con Franco… salíamos de allí sabiendo más que un universitario ahora cuando termina la carrera.

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